jueves, 8 de marzo de 2012

Show y comunicación

La frivolidad del show

Hace algunos días los colombianos asistimos al programa de Pirry en el que nos informaba sobre los problemas que sufren algunas mujeres que se someten a cirugías plásticas, y durante semanas no se habló de otra cosa en la televisión y en las redes sociales que de la cola de Jessica Zediel. ¡Pobrecita!

Luego, Youtube nos mostró un video que circuló por varios sitios de la red de mensaje en mensaje, de enlace en enlace, como si a todo el mundo le importaran las uñas y el pelo de Laura Acuña y su histeria y su maltrato hacia quienes le sirven. ¡Terrible!

Y más luego, al actor Gregorio Pernía le dio por crear el club anti J. Mario, con video y todo en Youtube porque según él, es lo peor de la televisión colombiana: se burla de todo y de todos, no respeta a nadie.  Igual, esa imagen circuló y generó miles de comentarios ¡Catastrófico!

Tres ejemplos de la basura que circula por la red y la televisión colombiana con la que se logra subir el rating de personas cuyo profesionalismo deja mucho que desear: modelos, presentadoras y actores que no le aportan nada a la cultura del país, que brillan por su superficialidad y cuyo oficio es el “chisme”, lo que no exige mayor cosa a la inteligencia humana.

Pero los ejemplos no son para continuar la larga lista de comentarios estúpidos que estos hechos provocaron.  Son más bien para ilustrar una crítica a la programación de los dos canales nacionales que más audiencia tienen en el país: Caracol y RCN.

Me pregunto ¿qué más puede exigirles uno a personajes como los de los ejemplos anteriores? Y ellos son solo una pequeña muestra de la vulgaridad de personajes que se ocupan de entretener e informar al país, porque como estos hay muchos otros.  No es sino ubicarse en programas como Estilo RCN o Yo me llamo de Caracol, para darse cuenta qué tan bajo ha caído la programación.

¿Cómo puede un televidente luchar contra ese bombardeo de estupideces?: ignorándolos, cambiando de canal definitivamente porque hay otros canales y otros espacios que sí piensan en el televidente, en el consumidor de televisión como Señal Colombia, Teleantioquia, canal Zoom…, por citar solo algunos canales nacionales.

No hay derecho a que abusen de la ignorancia de los usuarios y que sigan alimentando esa ignorancia con enlatados que se repiten día tras día, telenovelas antiguas, buenas o malas que no paran de circular de horario en horario, personajes que hablan mal, actúan mal, presentan mal e irrespetan constantemente a los usuarios con la mala calidad de los contenidos de los programas.

¿Qué sabemos, por ejemplo, de lo que sucedió en el Hay Festival de Cartagena? ¿Qué sabemos de lo que pasa durante el Festival de poesía que se celebra cada año en Medellín? ¿Qué saben los colombianos del Festival de Teatro de Manizales, o del de Bogotá? ¿Qué sabemos de la programación nacional o regional del Área Cultural del Banco de la República?

Seguramente sabemos muy poco porque lo que informan los canales mencionados no da para analizar o criticar dichos certámenes, para decir si son buenos o malos o para entablar una mínima conversación con alguien sobre el tema.  Da hasta pena ajena observar a las presentadoras que envían a cubrir dichos certámenes con la cantidad de preguntas estúpidas con que abordan a las “sí” figuras participantes en ellos.

Esta reflexión me conduce a pensar en los Programas de Comunicación donde  se forman los profesionales que hacen la televisión colombiana.  Y viendo tanta basura considero que no es necesario estudiar cuatro, cinco años para desempeñar esa clase de oficio.  Lo que vemos es que eso lo puede hacer cualquiera sin necesidad de “quemarse las pestañas”.

Los futuros profesionales deberían pensar si quieren ingresar al circo o, por el contrario, crear empresa, crear canales o espacios serios donde se piense en la inteligencia del televidente y no se le agreda con programas que menosprecien su capacidad para discernir sobre los hechos. Programas en canales independientes o en canales regionales que brinden otras opciones al televidente, que se promocionen como lo hacen los ya mencionados pero con contenidos de calidad.

Jóvenes emprendedores, honestos, inteligentes es lo que necesita el país en cuestión de televisión.  Gente que no se vaya por el facilismo y la frivolidad del show, que cuente historias a través de la noticia, la crónica, las telenovelas, los corto y largometrajes pensando siempre en elevar el nivel del consumo cultural en Colombia, que haga televisión para educar, no para engañar o alimentar la ignorancia de quienes todavía consideran a la televisión como el medio a través del cual mejor se informa y entretiene.

Esa tarea es de las Facultades y de los Programas de Comunicación.  No creo que un maestro planee clases para que sus estudiantes salgan a la vida profesional a producir videos como los mencionados o contenidos tan miserables como los de esos videos. 

Además de insistir en la formación humana y ética de estos estudiantes es preciso decirles todos los días en todas las clases: están estudiando para ser los mejores en su profesión, para competir con los mejores, no para servir de payasos serviles a quienes ostentan como verdad irrefutable que al pueblo hay que darle “pan y circo” para mantenerlo contento.  Al contrario, países europeos y asiáticos han demostrado que un pueblo educado es un pueblo apto para exigir, analizar, criticar y mejorar su entorno, para evitar que lo atropellen o abusen de él, para elevar su calidad de vida.

Y ya nos han dicho que los medios educan.  Pero lo hacen cuando quienes se ocupan de ellos son personadas educadas, formadas en el campo de las humanidades y en el campo disciplinar.  Esa es la tarea de los Programas de Comunicación y esa debería ser su razón de ser.

Narrativa

La historia continúa…
 

Cada vez más comentaristas y críticos de arte, de literatura, de cine, de televisión, refuerzan la idea de que el ser humano es un ser que no puede vivir alejado de la narración.  Es más, hay quienes consideran que hasta los discursos científicos y tecnológicos son formas de narración puesto que cuentan la experiencia que viven unos personajes en una situación específica.

Siguiendo este planteamiento, las nuevas tecnologías demuestran hoy que el arte de contar historias continúa vigente.  Basta con acercarse a cualquier página de la red para darse cuenta del afán de la humanidad por contar lo que ve, lo que siente o lo que piensa, a través de imágenes, videos, música o texto.

Se habla entonces de la narrativa digital con la cual “se pretende contribuir a la comprensión, descripción, valoración y análisis de eso que podríamos también llamar, siguiendo a Xavier Berenguer, narrativa interactiva: una nueva forma de narrar que se estaría configurando gracias al aprovechamiento estético de las tecnologías digitales de la comunicación y, específicamente, al uso del hipertexto, entendido, siguiendo a Landow, como  una forma de textualidad digital en la que los vínculos electrónicos unen lexias, o fragmentos de textos, que pueden adoptar la forma de palabras, imágenes, sonido, vídeo, etc., promoviendo una lectura multilineal, multisecuencial o no lineal, y trasladando, así, parte del  poder de los autores a los lectores.” (Rodríguez, 2010, pf. 5)

Es decir, que la narrativa digital se constituye en una nueva forma de contar la realidad y la ficción empleando para ello la tecnología de la red y concediendo al nuevo lector la oportunidad de interactuar con un texto que, en este caso, puede estar constituido además por imágenes y sonido.

Según Alejandro Rodríguez, “la narrativa digital se puede definir como un objeto virtual capaz de poner en dinámica no sólo una dimensión técnica (la utilización de recursos audiovisuales y de las nuevas tecnologías de la comunicación), sino una dimensión estética; esto es, la posibilidad de afectar la experiencia sensible a partir del uso artístico de esas técnicas, con lo que entreteje un tipo peculiar de relato: el relato digital.” (2010, pf. 6)

El autor citado hace hincapié en un aspecto fundamental de este modo de narrar, y es el empleo de la tecnología desde la dimensión estética.  Significa esto que no basta con saber manejar equipos o software desde el punto de vista de la técnica, sino que a ese saber es imprescindible agregarle la dimensión artística para contar buenas historias desde la forma y también desde el contenido.

En ambiente virtual como el de internet en el que cualquier persona puede crear páginas, portales, blogs; en el que hay acceso casi ilimitado a las redes sociales, es común encontrarse con miles de historias que la mayoría de las veces conservan un interés personal o limitado a unos cuantos usuarios. ¿Cómo hacer entonces para crear y subir a una plataforma virtual historias de interés para millones de usuarios?

La respuesta a esta pregunta podría ser la misma que se sugiere para aquellos que pretenden escribir y publicar historias impresas o audiovisuales: crear relatos basados en arquetipos universales en donde la vida, los hechos, las preguntas más profundas de un personaje se correspondan con las de muchos seres humanos de cualquier cultura o lugar del planeta.  Que cuando ese lector-usuario de la red encuentre esa historia se identifique con algo de lo que vive ese personaje y piense que eso también podría pasarle a él.

Los clásicos de la literatura y del cine no se cansan de repetir que su trascendencia en el tiempo y en el espacio se debe a que sus personajes encarnan la visión de mundo de miles de seres humanos del mundo.  El Quijote, las obras de Shakespeare, las de Marcel Proust, las de Carlos Fuentes… O películas como Casa Blanca, La naranja mecánica, La lista de Schindler, Lo que el viento se llevó,…deben su permanencia en el tiempo no solo a que cuentan la historia de un grupo de seres humanos de una forma diferente, sino además porque esos seres humanos asumieron preguntas que hombres y mujeres se han planteado durante todos los tiempos sobre el amor, la muerte, la vida, la eternidad, la guerra, dios y el diablo, o sea, el bien y el mal…

El reto pues de los nuevos contadores de historias que navegan y crean para la red es el de producir relatos de calidad que sobresalgan en esa telaraña infinita donde pululan historias de todo tipo, pero donde muy pocas se destacan.  Para ello es indispensable recurrir a los grandes narradores de cine, de televisión, de literatura, pues ahí se encuentra la base del conocimiento sobre el arte de narrar.

Además de ese saber, a quien publica historias en la red se le exige creatividad para enlazar los elementos de la historia, para establecer coherentemente los vínculos y conducir al lector hacia diferentes interpretaciones de la historia, hacia diferentes espacios, tiempos, es decir, para incitarlo a jugar con los personajes, con la estructura, con el texto.

Y aunque la estructura de los relatos tradicionales se rompe con mayor fuerza en la narrativa hipertextual, quien publica en la red debe ser un maestro en el manejo de esa estructura: inicio, nudo y desenlace, y un maestro en la manipulación de los elementos básicos de cualquier narración: narrador, personajes, tiempo y espacio.  Se unen el conocimiento y la creatividad a la técnica para generar historias que involucren al lector con el autor y con el texto en un acto de creación conjunta que se renueva cada vez que un lector se acerca a lo creado.

La narración hipertextual se convierte así en una historia inacabada, casi infinita puesto que está sujeta a los cambios que cada lector quiera registrar en ella.  Y el éxito del autor se mide entonces por el número de visitas de lectores activos que se arriesgan a seguirle el juego.

Como se planteó anteriormente, ninguno de los juegos propuestos por el autor debe restarle a esta manera de contar historias su intensión de producir belleza y placer, pues ese ha sido siempre el objetivo de quien escribe novela o cuento, de quien produce historias para cine o televisión.  Si bien es cierto que todo texto lleva implícito otro texto, es decir, que detrás de toda historia hay planteamientos que el autor no dice abiertamente, esa intensión de decir algo más con pistas, señales no ha sido impedimento para que los contadores de historias en otros formatos o lenguajes las produzcan como obras de arte.

Igual debe suceder en la narrativa hipertextual: la anécdota es importante, el argumento, el deseo de expresar una crítica a la sociedad o a la cultura, al ser humano o a la época en que se inscribe la historia, son elementos inherentes al relato.  Pero en esa creación siempre ha prevalecido el afán por crear obras bellas.  El escritor a través del lenguaje, de la manipulación de la estructura de la historia y de sus elementos.  El realizador de cine o de televisión mediante el lenguaje de la imagen en movimiento, de la fotografía, del sonido, la caracterización de personajes…  Lo que se busca con ello es generar en el lector o espectador es un placer estético que conmueva su espíritu, que despierte sus emociones y lo haga llorar o reír no por la historia en sí misma, sino por la forma en que es narrada.

El reto de quienes se enfrentan hoy con la narrativa hipertextual, es el de crear obras de arte que superen a las que no poseen estas características y circulan por la red atrayendo seguidores-lectores que no se comprometen con la historia porque no les generan ningún interés.  Es atraer hacia sus creaciones lectores activos que no “volteen la página” cuando se la encuentran porque además de creatividad en el diseño encuentran palabras de seres con los que se identifican y con quienes desean compartir sus propios miedos, sus éxitos o sus fracasos.

Bibliografía: RODRÍGUEZ RUIZ, Jaime Alejandro. Teoría, práctica y enseñanza del hipertexto de ficción: El relato digital. En: http://www.javeriana.edu.co/relato_digital/. Consultado el 13 de Febrero de 2012.
LANDOW, George P. Hipertexto 3.0. Traducción de Antonio José Antón Fernández. Barcelona: Paidós, 2009