viernes, 13 de abril de 2012

Ensayo

EL BIEN Y EL MAL
EN GRAN SERTON: VEREDAS
Novela de Joao Guimaraes Rosa

No en vano afirman los analistas y críticos literarios que la novela contemporánea (y en general, la literatura), exige un compromiso de tiempo completo por parte del lector, para poder acercarse a las obras y recrearlas desde su visión de mundo.  Porque la lectura y el primer acercamiento a una novela como Gran sertón: Veredas, del brasileño Guimaraes Rosa, obliga a leer la obra con el alma puesta en ella, exige paciencia para ir y volver a través de las páginas, compenetrarse con la historia y caminar, de la mano de Riobaldo, su protagonista, por los caminos agrestes del Sertón, por la vida de los hombres que lo habitan y por la conciencia que mueve cada una de sus acciones, de lo que resulta en algún momento esa misma sensación de ambigüedad que a veces nos acerca y otras nos aleja de la comprensión de ese universo que nos va mostrando el narrador, y que necesitaría no una sino infinidad de lecturas para aprehenderlo y entenderlo porque está hecho desde el hombre, y como tal, es imbricado, cambiante, indefinible, profundo, pero sobre todo y por encima de todo, humano...

Humano porque en una de sus caras muestra la luz (Dios) como símbolo del bien, pero también la oscuridad (Demonio), como símbolo del mal; dos estados en los que se debate la conciencia humana durante toda su vida y que ha sido característica del hombre desde que tiene conciencia de sí mismo.  No pretendo desarrollar en este acercamiento el tema faústico, pues los trabajos sobre este tópico, crucial en la novela, son de por sí bastante amplios y significativos.  Acompaño mejor la idea de Riobaldo cuando afirma que “el infierno es de veras posible.  Sólo es posible lo que de hombre se ve, lo que por el hombre pasa... (pág. 140), y que “El bien y el mal están en quien hace; no en el efecto que producen” (pág. 79).

Es decir, el mal y el bien están en el hombre, son inherentes al ser, cada uno construye su propio cielo o su propio infierno.  Pero es la cultura la que impone las reglas, ella dice desde dónde se miran los actos humanos para afirmar qué está bien o qué está mal.  Y esto es evidente en la novela de Guimaraes Rosa.  La única ley a la que obedecen los hombres del Sertón es a la que ellos mismos han impuesto: “Crimen, que yo sepa, es hacer traición, ser ladrón de caballos o de ganado... no cumplir la palabra...” (So Candelario, pág. 202).  Según la ley de los yagunzos, sólo el que viole estas reglas merece ser castigado.  Zé Bebelo no ha violado ninguna de estas leyes, y por tal razón se salva de morir en el juicio que Joca Ramiro le hace, después de apresarlo, y su condena es conmutada por el destierro  No sucede lo mismo con el Hermógenes y el Ricardón, antiguos militantes del grupo de Joca Ramiro, y quienes traicionaron al jefe, acto por el cual fueron perseguidos y exterminados hasta cobrar la venganza.

So Candelario, Joca Ramiro, Zé Bebelo, Madeiro Vaz, Diadorín, Riobaldo, tienen una justificación para sus actos.  Recorren esa región encantada, haciéndole guiños a Dios y al diablo, arrasando a quienes no están con ellos, y protegiendo a quienes se unen a su lucha por hacer del Sertón un lugar para todos.  “Sordo pensé: aquellos hermógenes eran gente tal como nosotros, hasta poquito tiempo reunidos compañeros, lo que se dice: hermanos; y ahora la emprendían con aquel deseo de desigualar.  Pero ¿por qué? ¿Entonces el mundo era mucha locura y poca razón?  Por eso la guerra, y todos los horrores que ella implica, es justificada por los hombres del Sertón.  Y por esta razón Riobaldo se pregunta constantemente en la novela: “¿No te parece a ti que todo el mundo está loco?”.  (pág. 439). Porque la naturaleza humana está hecha de paradojas, conviven en ella emociones, sentimientos que sólo son justificables desde la concepción del bien y del mal.  ¿Y cómo puede justificarse el mal?  Es una de las dudas que asalta al yagunzo protagonista de la historia.

¿Un universo lógico?  Simplemente un universo, habitado por seres humanos en una lucha eterna por sobreponerse a los estados de una naturaleza, a veces hostil, a veces favorable, donde conviven las dos divinidades, como para reafirmar la ambigüedad del hombre, hecho de dudas y cada vez más alejado de las certezas.  Porque Dios en el Sertón es un presentimiento, algo demasiado alejado del ser que lo reclama y lo busca, pero cierto: “¡¿Cómo no haber Dios?!  Con Dios existiendo, todo da esperanza: siempre un milagro es posible, el mundo se resuelve.  Pero, si no hay Dios, estamos perdidos en el vaivén, y la vida es burra.  Es el abierto peligro de las grandes y pequeñas horas, no pudiendo facilitarse, en todos contra los acasos.  Habiendo Dios, es menos grave descuidarse un poquito, pues al final sale bien.  Pero, sino hay Dios, entonces, ¡uno no tiene licencia de cosa ninguna! (Riobaldo, pág. 51).  Él tiene que existir para justificar el mundo, para saber por qué los hombres actúan bien, para entender la concepción del bien que tienen los hombres del Sertón, para entender el sufrimiento, para que haya esperanza.  “Pero la gente quiere cielo porque quiere un fin”, (pág. 52) es la búsqueda de la verdad, es el sufrir con la fe puesta en el paraíso eterno; y el pasaporte para llegar allí está en Dios, en donde sólo es posible la idea del bien.  A Él hay no hay buscarlo, siempre está en el interior del hombre, y es éste el que debe descubrirlo, “Porque Dios existe hasta cuando no hay”.  (pág. 52)

El diablo parece estar más cercano al hombre, “Pero el demonio no hace falta que exista para que lo haya”. (pág. 52); más que un presentimiento, es un olor, una ubicua tensión, un estado de conciencia.  A él puede vérsele: “El diablo en la calle, en medio del remolino”, repite Riobaldo obsesivamente a través del relato.  Es la imagen del mal, del horror que dejó la visión de la muerte de Diadorín, en su lucha contra el Hermógenes, en medio de la calle de aquel pueblo donde se desarrolló la batalla final de los yagunzos comandados por Riobaldo.  Gran Sertón dice que el gran secreto del hombre está en esperar al diablo, en evadirlo o buscarlo, porque todos, de alguna manera, van a él, y vienen de él.  Igual que el bien, el diablo, el mal es algo que está dentro del hombre, “el diablo campea dentro del hombre”, dice el narrador, para acentuar el tono de ambigüedad del ser, que se debate entre la duda y la angustia del acto.

Así como hace Riobaldo en el Gran Sertón, todas las culturas, a través de los tiempos, han creado sus mitos para explicar el bien y el mal, y para cada uno de ellos han creado sus dioses.  La cultura brasileña, mezcla de magia, mito y religión católica, se ve reflejada en Riobaldo, en sus dudas acerca de la existencia de Dios y del Diablo, en la forma como trata de exorcisar a uno y acercarse al otro.  “Vivir es peligroso”, afirma constantemente, porque el hombre es capaz de realizar los actos más sublimes, pero también los más bajos, y para él el bien y el mal son peligrosos, porque arrastran al hombre a actuar de acuerdo con su propia visión del mundo, porque, como le pasó a él, le ofrecen alternativas sugestivas, tentaciones (sexo, poder, dinero) que desequilibran la balanza, que lo inclinan hacia uno u otro lado.  Riobaldo se dejó seducir por el poder, pero, se pregunta el lector ¿hizo mal?  Habría que descubrir cuál es la concepción del mal que hay en cada uno para encontrar una respuesta.

Nadie fue nunca yagunzo obligado”.  (pág. 430).  El ser yagunzo lo llevaba Riobaldo en su interior:  “Iba para conocer aquel destino-dios-mío.  Lo que me animó fue que él predijo, cuando yo no más quería, que era sólo oponer una seña y él daba baja y alta de irme.  Digo que fui, digo que me gustó”, (pág.104), afirma cuando ingresa al grupo de Zé Bebelo.  Nadie lo detenía, era su voluntad la que lo mantenía allí.  A diferencia de los otros compañeros, es un personaje con alguna instrucción qué constantemente se cuestiona, indaga en su interior: ”¿Qué es lo que yo era? Un yagunzo raso tirador, aperreado por este sertón.  De lo más que yo podía haber sido capaz era de pelear bien, de ser y de hacer; y en lo real yo no lo conseguía.  Sólo la continuación del descarrío, picardeo, trenzar el vacío.  Pero ¿por qué?, pensaba yo.”

Después de ser maestro de Zé Bebelo, Riobaldo se siente superior a él, y es a éste a quien arrebata la jefatura del grupo.  Es más la necesidad de encontrarle un sentido a su vida la que lo lleva a establecer el supuesto pacto con diablo.  Las condiciones para ser jefe las tiene, pero requiere de algo que le dé seguridad en sí mismo, y por eso acude al “Tal”, consciente de lo que eso significa.  ¿Hay bien o hay mal en ello?  El objetivo era vengar en Ricardón y Hermógenes la muerte de Joca Ramiro, y esto para el yagunzo estaba bien.

Riobaldo, en su ambigüedad de ser humano, se siente a veces igual a sus compañeros porque busca en la yagunzada lo mismo que todos.  Una forma de vida.  Pero, en otras ocasiones, se siente diferente, como se observa en la cita anterior.  Hay algo que lo arrastró, que lo llevó a ser lo que fue.  Pudo ser el amor a Diadorín, o la ambición, o el mal que llevaba en sí mismo y que sale a flote después del pacto con “el que nunca ríe”.  Pero es que este personaje no es más que un producto del ambiente, de la cultura del Sertón, con una carga interior de dudas y angustias, en la que Dios y el demonio, el bien y el mal constituyen dos fuerzas opuestas que le dan sentido a su existencia.  Que elija el mal, el pacto con el diablo, es discutible si ese pacto lo llevaba a un fin que, en su medio era concebido como un bien.  Lo que no se puede negar en algunos momentos de la historia es su soberbia: “Me habían puesto en las manos el juguete del mundo”.  (Pág. 330).  El poder para manipular hombres y almas, por eso (supuestamente) vendió su alma.

Lo cierto es que ahora, desde su vejez que es desde donde cuenta la historia a un interlocutor imaginario, lo tortura la incertidumbre sobre la veracidad del pacto y la existencia del diablo.  Los hechos le demuestran que el pacto existió, esa noche en la encrucijada de Veredas Muertas, porque desde entonces conquistó la jefatura de la banda, fue llamado Víbora Blanca, adquirió cierto grado de despotismo y tuvo condiciones para vencer al Hermógenes. 

Otras de sus actuaciones, además de no haber tenido una visión física de la presencia del demonio durante el pacto, motivan sus dudas: no le daba asco ver una cruz, ni oír rezos o religión alguna, incluso alguna vez, antes de la batalla final se santiguó, y esto para él no era normal en un pactario.  Su compadre Quelemén, un viejo sabio a quien Riobaldo siempre consulta sus indecisiones, al final de la novela, le responde, cuando le interroga sobre si vendió o no su alma al pactario: “No caviles.  Piensa para adelante.  Comprar o vender, a veces, son acciones que son las casi iguales”.  (Pág. 453).  Esta respuesta confirma la ambigüedad de la vida humana, en donde el ser se debate entre la creencia en una fuerza superior, buena o mala, o su soledad en el mundo que lo lleva a actuar de diferentes maneras por libre albedrío.

Y para respaldar esa duda, al final también de la historia, dice a su narratario: “Amable usted me ha oído, mi idea ha confirmado: que el diablo no existe.  ¿Pues no?  Usted es un hombre soberano, circunspecto.  Amigos somos.  Nonada.  ¡El diablo no existe!  Es lo que yo digo, si hubiese...  Lo que existe es el hombre humano.  Travesía.”  (pág. 453).  Todavía la duda, pero la certeza también de que lo que existe es el hombre, dentro del cual está su condición para hacer el mal o el bien, y de que son estas dos ambigüedades las que le dan sentido a la travesía, o sea, a la vida.  Y por eso es peligroso vivir, porque “todavía no se sabe, nunca se sabe, porque aprender a vivir es lo que es el vivir, eso”.  (pág. 437). Sólo se aprende en la ruta, en el camino, porque el mañana se desconoce y sólo en el instante es posible conocer de qué es capaz un hombre.

“La vida es muy discordada.  Tiene partes.  Tiene artes.  Tiene las neblinas de Siruiz.  Tiene todas las caras del Can, y las vertientes del vivir”.  (pág. 378).  Hay en toda la historia de Guimaraes Rosa, a través de su personaje, una concepción de la vida y del ser humano, que encierra las grandes preguntas de todos los tiempos, en la que es imposible definir al hombre por su misma naturaleza cambiante, por su complejidad y carácter de obra inacabada, que se va construyendo día a día en busca de una verdad que nunca se revela, pero que constituye el motivo de su existencia.  Es lo que entiende Riobaldo, y en la cita anterior lo dice, son muchas las caras de la vida, y ellas encierran ese sentido del bien y del mal que hacen que la existencia sea un misterio que se devela en el mismo devenir del hombre.

Viviendo se aprende, dice muchas veces el personaje, y observando las acciones de los otros y las de sí mismo, afirma tener miedo del hombre humano, porque actúa movido, no sólo por su propia condición, sino también por leyes que van más allá de su comprensión.

Como se desprende de las consideraciones anteriores, Riobaldo es un personaje universal, inmerso en un mundo en el que la diferencia entre el bien y el mal está dada por las mismas concepciones que hay dentro de cada cultura.  Y en la cultura de los yagunzos hay rasgos de la cultura de los habitantes de esta aldea global, en la que persisten las dudas y los miedos, en la que el ser no ha logrado despojarse de los grandes interrogantes que le ha planteado su existencia a través de los tiempos.

En medio de ese paisaje casi monstruoso que construye el autor, de ese engranaje de palabras que tejen laboriosamente la historia, el autor recrea en su personaje narrador, la historia del ser humano, porque con todo lo que encierra esta novela, el lector puede repetir con Riobaldo que “El Sertón es el mundo”.[1]


[1] Todas las citas del texto corresponden a la Edición: JOAO, Rosa Guimaraes.  Gran Sertón: Veredas.  Colombia: Editorial La Oveja Negra Ltda., 1985.  Traducción de Ángel Crespo.

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