viernes, 28 de agosto de 2020

Cuando el cuerpo revienta


El cuerpo
Clarice Lispector

Xavier era un hombre truculento y cruel. Muy fuerte el hombre. Le encantaban los tangos. Fue a ver El último tango en París y se excitó terriblemente. No comprendió la película: pensaba que se trataba de un filme de sexo. No descubrió que era la historia de un hombre desesperado.
En la noche en que vio El último tango en París los tres se metieron en la cama: Xavier, Carmen y Beatriz. Todo el mundo sabía que Xavier era bígamo: vivía con dos mujeres.
Cada noche le tocaba a una. A veces dos veces por noche. A la que no le tocaba se quedaba presenciando. Ninguna tenía celos de la otra.
Beatriz comía que daba gusto: era gorda y enjundiosa. En cambio Carmen era alta y delgada.
La noche del último tango en París fue memorable para los tres. En la madrugada estaban exhaustos. Pero Carmen se levantó por la mañana, preparó un opíparo desayuno —con cucharas llenas de crema espesa de leche— y lo llevó para Beatriz y para Xavier. Estaba somnolienta. Fue necesario darse un baño en la ducha helada para ponerse en forma nuevamente.
Ese día —domingo— almorzaron a las tres de la tarde. La que cocinó fue Beatriz, la gorda. Xavier bebió vino francés. Y se comió solito un pollo entero. Entre las dos se comieron el otro pollo. Los pollos estaban rellenos con masa de harina de mandioca con pasas y ciruelas, todo impregnado, rico.
A las seis de la tarde, los tres se dirigieron a la iglesia. Parecían un bolero. El bolero de Ravel.
Y por la noche se quedaron en casa viendo la televisión y comiendo. Esa noche no sucedió nada: los tres estaban muy cansados.
Y así era, día tras día.
Xavier trabajaba mucho para mantener a las dos mujeres y a sí mismo: las comidas eran abundantes. Pero a veces engañaba a ambas con una prostituta excelente. Pero en casa nada contaba, pues no estaba loco.
Pasaban los días, los meses, los años. Nadie moría. Xavier tenía cuarenta y siete años. Carmen tenía treinta y nueve. Beatriz ya había cumplido los cincuenta.
La vida les sonreía. A veces Carmen y Beatriz salían a comprar camisas llenas de imágenes de sexo. Compraban también perfume. Carmen era más elegante. Beatriz, con sus lonjas, escogía un bikini y un sostén minúsculo para los enormes senos que poseía.
Un día Xavier llegó ya muy tarde de noche: las dos estaban desesperadas. Apenas si sabían que estaba con la prostituta. Los tres en verdad eran cuatro, como los tres mosqueteros.
Xavier llegó con un hambre de nunca acabar. Abrió una botella de champaña. Estaba en pleno vigor. Habló animadamente con las dos, les contó que la industria farmacéutica de su propiedad iba bien de finanzas. Y les propuso a ambas que los tres fueran a Montevideo, a un hotel de lujo.
Fue tal el barullo por la preparación de las tres maletas.
Carmen se llevó todo su complicado maquillaje. Beatriz salió a comprar una minifalda. Viajaron en avión. Se sentaron en la fila de tres asientos: él en medio de las dos.
En Montevideo compraron todo lo que quisieron. Incluso una máquina de coser para Beatriz y una máquina de escribir para Carmen, que quería aprender. En verdad no necesitaba nada, era una pobre desgraciada. Llevaba un diario: anotaba en las páginas del grueso cuaderno empastado en rojo las fechas en que Xavier la buscaba. Le daba el diario a Beatriz para que lo leyera.
En Montevideo compraron un libro de recetas culinarias. Sólo que estaba en francés y ellas no entendían. Parecían más palabrotas que palabras.
Entonces compraron un recetario en castellano. Y se esmeraron en las sopas y en las salsas. Aprendieron a hacer rosbif. Xavier engordó tres kilos y su fuerza de toro aumentó.
A veces las dos se acostaban en la cama. Largo era el día. Y, a pesar de que no eran lesbianas, se excitaban una a otra y hacían el amor. Amor triste.
Un día le contaron ese hecho a Xavier.
Xavier se excitó. Y quiso que esa noche las dos se amaran frente a él. Pero, ordenado de esa manera, terminó todo en nada. Las dos lloraron y Xavier se encolerizó furiosamente.
Durante tres días no le dirigió la palabra a ninguna de las dos.
Pero, durante ese intervalo, y sin encargo, las dos fueron a la cama con éxito.
Al teatro los tres no iban. Preferían ver la televisión. O cenar fuera.
Xavier comía con malos modales: agarraba la comida con las manos, hacía mucho ruido al masticar, además de comer con la boca abierta. Carmen era más refinada, le daba asco y vergüenza. Beatriz tampoco tenía vergüenza, hasta desnuda andaba por la casa.
No se sabe cómo empezó. Pero comenzó.
Un día, Xavier llegó del trabajo con marcas de lápiz de labios en la camisa. No pudo negar que había estado con su prostituta preferida. Carmen y Beatriz agarraron un trozo de palo cada una y corrieron detrás de Xavier por toda la casa. Éste corría todo desesperado, gritando: ¡perdón!, ¡perdón!, ¡perdón!
Las dos, también cansadas, finalmente dejaron de perseguirlo.
A las tres de la mañana, Xavier tuvo ganas de poseer a una de las mujeres. Llamó a Beatriz porque era la menos rencorosa. Beatriz, lánguida y cansada, se prestó a los deseos del hombre que parecía un superhombre.
Pero al día siguiente le advirtieron que ya no cocinarían para él. Que se las arreglara con la tercera mujer.
Las dos de vez en cuando lloraban y Beatriz preparó para ambas una ensalada de patatas con mayonesa.
Por la tarde fueron al cine. Cenaron fuera y sólo regresaron a casa a medianoche. Encontraron a un Xavier abatido, triste y con hambre. El intentó explicar:
—¡Es porque a veces me dan ganas durante el día!
—Entonces —le dijo Carmen—, ¿por qué no regresas a casa?
Prometió que así lo haría. Y lloró. Cuando lloró, Carmen y Beatriz se quedaron con el corazón destrozado. Esa noche, las dos hicieron el amor delante de él y él se consumía de envidia.
 ¿Cómo es que empezó el deseo de venganza? Las dos eran cada vez más amigas y lo despreciaban.

Él no cumplió la promesa y buscó a la prostituta. Ésta lo excitaba porque le decía muchas obscenidades. Lo llamaba hijo de puta. Él aceptaba todo.
Hasta que llegó cierto día.
O mejor, una noche. Xavier dormía plácidamente como buen ciudadano que era. Las dos permanecieron sentadas junto a una mesa, pensativas. Cada una pensaba en su infancia perdida. Y pensaron en la muerte. Carmen dijo:
—Un día nosotros tres moriremos.
Beatriz replicó:
—Y así y punto.
Tenían que esperar pacientemente el día en que cerrarían los ojos para siempre. ¿Y Xavier? ¿Qué harían con Xavier? Éste parecía un niño durmiendo.
—¿Vamos a esperar que Xavier se muera de muerte natural? —preguntó Beatriz.
Carmen pensó, pensó y dijo:
—Creo que las dos debemos darle una ayudita.
—¿Qué ayuda?
—Todavía no lo sé.
—Pero tenemos que decidir.
—Déjalo de mi cuenta, yo sé lo que hago.
Y nada de nada. Dentro de poco tiempo sería de madrugada y nada habría sucedido. Carmen preparó para las dos un café bien fuerte. Y comieron chocolate hasta la náusea. Y nada, nada ocurrió realmente.
Encendieron la radio a pilas y oyeron una angustiante música de Schubert. Era piano solo. Carmen dijo:
—Tiene que ser hoy.
Carmen era la líder y Beatriz obedecía. Era una noche especial: llena de estrellas que las miraban brillantes y tranquilas. Qué silencio. Pero qué silencio. Se aproximaron las dos a Xavier para ver si se inspiraban. Xavier roncaba. Carmen realmente se inspiró.
Le dijo a Beatriz:
—En la cocina hay dos cuchillos grandes.
—¿Y luego?
—Pues que nosotras somos dos y tenemos dos cuchillos grandes.
—¿Y luego?
—Y luego, burra, nosotras dos tenemos armas y podremos hacer lo que necesitamos hacer. Dios lo manda.
—¿No sería mejor no hablar de Dios en este momento?
—¿Quieres que hable del diablo? No, hablo de Dios porque es el dueño de todas las cosas. Del espacio y del tiempo.
Entonces entraron en la cocina. Los dos cuchillos grandes estaban filosos, eran de fino acero pulido.  ¿Tendrían fuerza?
Sí, la tendrían.
Salieron armadas. La habitación estaba oscura. Ellas dieron de cuchilladas erróneamente, apuñalando la manta. La noche era fría. Entonces lograron distinguir el cuerpo dormido de Xavier.
La sangre copiosa de Xavier escurría profusamente en la cama, por el suelo.
Carmen y Beatriz se sentaron junto a la mesa del comedor, bajo la luz amarilla del foco desnudo, estaban exhaustas. Matar requiere fuerza. Fuerza humana. Fuerza divina. Las dos estaban sudadas, mudas, abatidas. Si hubieran podido, no habrían matado a su gran amor.
¿Y ahora? Ahora tenían que deshacerse del cuerpo. El cuerpo era grande. El cuerpo pesaba.
Fueron entonces al jardín y con la ayuda de dos palas cavaron en la tierra una fosa.
Y, en la oscuridad de la noche, cargaron el cuerpo hasta el jardín. Era difícil porque Xavier muerto parecía pesar más que cuando estaba vivo, pues se le había escapado el espíritu. Mientras lo cargaban, gemían de cansancio y de dolor. Beatriz lloraba.
Colocaron el gran cuerpo dentro de la fosa, la cubrieron con la tierra húmeda y olorosa del jardín, tierra buena para las plantas. Después entraron en la casa, prepararon nuevamente el café y se restablecieron un poco.
Beatriz, que era muy romántica, se pasaba el tiempo leyendo fotonovelas en las que ocurrían amores contrariados o perdidos. Ella tuvo la idea de plantar rosas en esa tierra fértil.
Entonces salieron de nuevo al jardín, agarraron una matita de rosas rojas y la plantaron en la sepultura del llorado Xavier. Amanecía. El jardín impregnado de rocío. El rocío era una bendición al asesinato. Así pensaron ellas, sentadas en el banco blanco que había ahí.
Pasaron los días. Las dos mujeres compraron vestidos negros. Y apenas comían. Cuando anochecía, la tristeza recaía sobre ellas. No tenían ya gusto para cocinar. De rabia, Carmen, colérica, rompió el libro de recetas en francés. Guardó el de castellano: nunca se sabía si aún podría ser necesario.
Beatriz pasó a ocuparse de la cocina. Ambas comían y bebían en silencio. El pie de rosas rojas parecía haber pegado. Buena mano para plantar, buena tierra propicia.  Todo resuelto.
Y así quedaría cerrado el caso.
Pero sucedió que al secretario de Xavier le extrañó su prolongada ausencia. Había papeles urgentes que firmar. Como la casa de Xavier no tenía teléfono, fue hasta allá. La casa parecía impregnada de mala suerte. Las dos mujeres le dijeron que Xavier había salido de viaje, que estaba en Montevideo. El secretario no las creyó del todo pero pareció que se había tragado la historia.
A la semana siguiente, el secretario fue a la delegación. Con la policía no se juega. Primeramente, los agentes de policía no quisieron darle crédito a la historia. Pero, ante la insistencia del secretario, decidieron perezosamente dar la orden de búsqueda en la casa del polígamo. Todo en vano: nada de Xavier.
Entonces Carmen habló de esta manera:
—Xavier está en el jardín.
—¿En el jardín?  ¿Haciendo qué?
—Sólo Dios lo sabe.
—Pero nosotros no vimos nada ni a nadie.
Fueron al jardín: Carmen, Beatriz, el secretario de nombre Alberto, dos agentes de policía y dos hombres más que no se sabía quiénes eran. Siete personas. Entonces Beatriz, sin ninguna lágrima en los ojos, les mostró la fosa florida. Tres hombres abrieron la sepultura, destrozando el pie de rosas que sufrían por casualidad la brutalidad humana.
Y vieron a Xavier. Estaba horrible, deformado, ya medio carcomido, con los ojos abiertos.
—¿Y ahora? —dijo uno de los agentes.
—Y ahora hay que detener a las dos mujeres.
—Pero —dijo Carmen— que sea en la misma celda.
—Mire —dijo uno de los agentes frente al secretario atónito—, lo mejor es fingir que nada ha sucedido, si no va a haber mucho barullo, mucho papeleo escrito, muchos alegatos
—Ustedes dos —dijo el otro agente de la policía—, preparen sus maletas y váyanse a vivir a Montevideo. No nos joroben más.
Las dos dijeron: —Muchas gracias.
Pero Xavier no dijo nada. Nada había realmente que decir.
FIN

Amor sin pies ni cabeza

Laura Restrepo

Así no la podemos dejar entrar, es el reglamento.  Si quiere visitar reclusas vuelva de falda ancha, zapato de tacón plano y sin media pantalón.  Tiene que traer un pañuelo limpio.  Visitas entre semana sólo hoy, sólo mujeres y menores, de siete a diez de la mañana.
         Trato de usar el carnet de periodista para que me dejen pasar como estoy, de pantalones.
         -Ya le dije, el reglamento es para todas- dice una guardiana de la Cárcel de Mujeres de El Buen Pastor.
         En la calle sucia y sin tráfico que lleva al penal, entre los kioscos de venta de cigarrillos, diarios y refrescos, los hay también de alquiler de ropa usada.  Para las visitantes que no conocen el reglamento y no pueden volver hasta su casa a cambiarse.  De unos ganchos de alambre cuelgan faldas anchas de varias tallas y zapatos de tacón plano para todos los pies.  Detrás de una cortina improvisada hay un espacio para mudarse.  Entro y me pongo una falda que he escogido, que alguna vez debió ser plisada y escocesa, y unas sandalias que me nadan de grandes pero que están menos gastadas que las demás.
        Otras mujeres, dos jóvenes y una vieja, pasan por el mismo cuartito y también salen de allí como disfrazadas para feria.  Una de las dos jóvenes se mira el ruedo de la falda que se acaba de poner, le pregunta a su amiga si no le queda demasiado larga, y termina arremangándosela hasta que le da apenas por debajo de la rodilla.
        La miro sorprendida y admirada por ese gesto de vanidad en circunstancias tan absurdas, pero ella ahora está absorta en la elección de los zapatos.  Le consulta a su amiga, rechaza varios pares y al final opta por unas chanclas chinas, de esas de tela negra, con pasador, como de muñeca de antes.
       Camino de nuevo hacia la puerta del penal, incómoda y pensando en la roña y las pulgas que deben tener esa falda y esos zapatos.  Frente a la caseta de entrada hay una cola de mujeres y de niños y, al final, una gorda embutida entre su uniforme azul, de voz ronca y alegre, es la encargada de requisar a las visitantes en busca de droga, de armas, de no sé qué más que no deba llegarle a las presas.  La requisa es sistemática y a fondo.  Es revulsiva, es mortificante.
        La inspectora gorda usa guantes de plástico y hace su trabajo sin asco.  Sin más mala leche o más dobles intenciones que quien cose colchas o limpia persianas:
        -Abra tantico las piernas, que ya casi salimos de esto –ordena sin antipatía-.  Agáchese tantico que ya no la molesto más.
         Los guantes de plástico no se los cambia, sino que cuando va a tocar los genitales coloca sobre el guante de la mano derecha el pañuelo que cada una de las visitantes le entrega.
          Su trato amable y maternal no disminuye el fastidio, las ganas de no estar allí, la vergüenza propia y ajena por esa gente con cara de madrugón y aliento de no haber desayunado, que espera en la cola a que la gorda les revuelva la ropa interior, les hurgue con sus dedos enfundados en plástico los orificios, haga públicas sus celulitis, sus llantas, várices, sus cicatrices de viejos golpes y sus cirugías mal remendadas.  Esas mujeres que para poder ver a su familiar presa esperan con resignación y paciencia a que la gorda –sin malicia, pero sin piedad- les ventile frente a las demás sus pequeñas miserias tan meticulosamente ocultas con naguas, ruanas y sostenes hasta un segundo antes del momento solitario y sin orgullo en que las desarropan y les meten mano.
        Siento vergüenza también por la pobre gorda, apretada en su uniforme azul, con su pobre, sucio oficio de violar la intimidad humana.
        Se acerca mi turno.  Delante de mí pasan dos niños que vienen a visitar a su madre.  Me indigno porque también a ellos les quitan los sacos, les quitan los zapatos, los chequean.  Según se ve, la gorda ya los conoce.
        -Jairito, por qué no vino la semana pasada –le dice al mayor.
        El más pequeño se pone a llorar, ya me toca el turno y el malestar se me vuelve náuseas.
        Paso y recurro de nuevo al carnet de periodista.
        -Sólo vengo a entrevistar a una presa –le digo a la gorda-, y además no traje pañuelo.
Esta vez el carnet surte efecto y ella, canturreando, me requisa por encima y me deja pasar.
        Los edificios interiores de El Buen Pastor son de color gris ratón y tienen algunas ventanas, ciegas y enrejadas.  Están dispuestos en torno a un enorme patio de cemento que al centro tiene una imagen de Cristo tamaño natural, con tres ovejas, todos cuatro pintados también de gris.
       Alrededor del Cristo hay un surco de tierra con flores cuidadas pero escasas, cultivadas por algún jardinero meticuloso sin imaginación.  Los corredores y las salas de visita tienen la pulcritud desinfectada de un hospital.  No hay muebles, no se ve gente, no se ve mugre, no se oye ruido.  Como un hospital, frío y vacío.
       Le pregunto a la guardiana por Emma, la descuartizadora.
       -Ah, sí –me dice-.  Ya se hizo famosa la pobre.
       Me pregunta si no quiero ver antes a una de las trabajadoras sociales de la cárcel y le digo que bueno.  Me lleva por el pasillo de las oficinas hasta el escritorio de una mujer menuda, viejona, que pasaría desapercibida si no fuera por una tumultuosa melena roja que le sale despedida, como una llamarada, de la cabeza.
       -Casi todas las de homicidio, al que mataron fue al marido, o al novio –me dice la señora de la feroz cabellera roja-. Casi siempre son mujeres que durante años han aguantado las borracheras y las golpizas diarias de sus hombres.  Están acostumbradas al sexo por las malas todas las noches, a que les pateen el vientre, a que les rompan la cara, a ellas y a sus hijos.  Son mujeres que un día se cansan de todo eso, y se defienden, responden.  A algunas se les va la mano y el tipo muere.  Esas vienen a parar acá, y aquí pasan el resto de su vida.
       No le digo que no haya delincuentes y asesinas.  Sí las hay.  Pero casi todas las de homicidio son como le digo.
       Interrumpe la guardiana para decirme que Emma ya me está esperando en el Primer Patio.
       -Va a ser difícil que le hable –me advierte la señora pelirroja-.  Menos siendo usted periodista.  Los primeros días vino mucho reportero, y ella dio mucha declaración.  Después todos los periódicos dijeron que era un monstruo de crueldad, y a ella le dio por no hablar más.
      En el centro del patio veo a Emma.  Es muy joven, casi adolescente.  Lleva puestas unas enormes gafas negras, los labios pintados de rojo subido, rouge en las mejillas, unos jeans muy ceñidos y una camiseta de manga corta, azul desteñida, de las que venden desteñidas a propósito.  Tiene el pelo rizado con permanente y un peinado a la moda: arriba corto salvo el copete parado con gel, las patillas rasuradas con navaja y lo de atrás largo, cayendo en guedejas irregulares por la nuca hasta los hombros.
       Sentada junto a las ovejas rígidas, Emma está entregada a la tarea de comerse las uñas.  Cuando llego a su lado no voltea a mirarme: sigue comiéndose las uñas, los padrastros, los pellejos, como si los disfrutara, como si supieran rico.
       -¿Emma? –le digo-. ¿Emma?
Ni me contesta ni levanta los ojos, que siguen fijos en sus dedos.  Tomo la cámara fotográfica y empiezo a retratarla.  Inmediatamente reacciona, se saca las gafas, se arregla el pelo con las manos.  Empieza a posar.  Imposta sonrisas para la cámara.  Muestra unos dientes blancos, parejitos.  Por fin me habla:
       -Ay, no me saque así.  Espérese me paso el cepillo.  Encima de la mierda que hablan de mí, me sacan fea, los hijuemadres...
       -Bonito su corte de pelo –le digo.
       -¿Cierto que sí?  Antes era lisa como un aguacero, y tenía el cabello por la cintura.  Pero con este bonche me tocó cambiarme el peinado, hacerme la permanente.
       Entre foto y foto, y a regañadientes, Emma va soltando su historia, incoherente, deshilvanada, sin pies ni cabeza.
      -Ya no me pregunte nada.  Mejor dicho no me jodan más, ¿sí?  Mejor dicho para qué les explico, si al final de cuentas van y escriben lo que les da la gana...
       Tenía que cambiar de peinado porque tenía que cambiar de vida, meterse con gente nueva, que los de antes no supieran de ella.  Si seguía lisa y pelilarga la iban a reconocer.  Tenía que oscurecerse el pelo y rizárselo, hacerse un corte que la dejara distinta, como si fuera otra.  Feo no: otra.
        Lo primero, antes que ir al salón de belleza, fue huir del cuarto, escurrírsele a la pesadilla, echarle llave a la puerta y no volver a entrar.
       -¿Usted sí sabe a qué huele la sangre? –pregunta Emma, mientras posa echando hacia atrás la cabeza, mostrando los dientes bonitos, alborotándose el pelo-  Yo tampoco sabía, pero le juro que no se aguanta.
        El olor no se iba ni con la bolsa grande de Fab que compró, que restregó con cepillo contra el piso, los muebles, las paredes.
      -Al principio eso era horrible, mejor dicho era el infierno, ¿sí?  Pasé toda la noche como loca sin saber qué hacer, con Isidro tirado con una cara que daba susto.  Cada vez se ponía más morado y más tieso.  Hasta que me dije a mí misma: o se pone las pilas o está muerte, hermana.
        El cuarto no era feo, era un buen vividero, tenía TV a color y equipo de sonido para elepés y casetes.  Ella, Emma dice que lo mantenía limpio, arreglado, todo en orden.  Total, si tenía todo el día para no hacer nada, sólo dormir a ratos, ver las telenovelas, pintarse las uñas, arreglar la pieza para que quedara como una casita de muñecas.
       -Después de esa noche ya qué casita de muñecas, mejor dicho un mierdero, y ese olor que no se me olvida.
      Aguantando las náuseas, Emma metió cada parte entre una bolsa de plástico, arrimó las bolsas contra la pared, y después lo limpió todo con Fab.  A la madrugada se bañó, se cambió de ropa, puso cara normal, de buenos días, de aquí no pasó nada.  Salió a la calle, tomó varios buses –de ida y de vuelta- y repartió las bolsas una por una, por todo el sur de la ciudad.  Un brazo para el San Carlos, las tripas al barrio Venecia, unos órganos morados, oscuros, a Villa Gloria, la cabeza a una zanja por los lados de Soacha, y así.  Dos días enteros le tomó hacer toda la distribución.
         Después fue al salón de belleza, a ser otra vez linda y alegre, a cerrar el cuarto para siempre y largarse lejos de ahí.
         -Pero tenía que platearme, ¿me entiende?  Mejor dicho que sin plata no iba ni a la esquina.
         Así que vendió el televisor, por lo que le quisieron dar, y en eso se equivocó.  Por ahí le seguirían la pista, y la encontrarían tres meses después.
         Pero esos tres meses los pasó bien.  Cada semana vivió en un barrio distinto, cada noche durmió en un nuevo inquilinato, o en la casa de un amigo, o con un conocido en algún amoblado de la carretera.  Rodó por donde no la conocieran, donde la gente que se cruzara por la calle con su cara bonita no se imaginara siquiera la pálida que llevaba encima, no tuviera idea del olor de esa noche, no adivinara los recuerdos que guardaba en su cabeza, debajo de su peinado Alf.
        -Esos tres meses sí que los gocé –dice Emma.
        Gozó de la libertad, como lo hacía antes de conocer a Isidro.  Volvió a bailar cuanto quiso, cada vez en un bar distinto.  Todas las noches estrenó discoteca.  No se alteraba, se divertía tranquila, porque los que la veían sacudir su melena crespa no sabía que antes había sido lisa, que su peinado nuevo, tan alegre, tan loco, no era sino el disfraz para esconder toda es sangre.
       A las nueve en punto de la mañana suena un timbre y salen otras presas al patio, para la media hora de descanso.  Emma se retrae, se contrae, vuelve a sentarse, huraña, y otra vez se come las uñas.
       -Mire, no insista, ¿sí?  No le voy a decir ni una palabra más.
        Se encaja las gafas negras y se agacha, se pliega sobre sí misma para que no la vean, para que no la señalen con el dedo.  Dentro de la cárcel también usa las gafas oscuras cuando sale donde están las otras, aunque sea en la penumbra de los corredores o del comedor.
        Por las fotos que han salido en los periódicos las reclusas la reconocen, los carceleros, las trabajadoras sociales, los periodistas.  Todos se la tragan con los ojos, se cuchichean  cuando le pasan por el lado, quieren saber cómo fue que hizo aquello.
        Como un avestruz, ella se esconde detrás de sus gafas para que la dejen sola, para poner la cabeza en blanco y poder repetir esa canción tan bonita de Amanda Miguel.  Amanda Miguel con su voz ronca y a veces tan alta, voz de quebrar vidrios, gritos de nena emberrinchada.
        A Emma le suena nítida en el oído, como si todavía tuviera el equipo de sonido y pudiera poner el elepé.  Él me mintió, él me dijo que me amaba y no era verdad, aúlla Amanda Miguel y Emma le admira cómo sacude la melena brava cuando canta esa parte.  La melena de Amanda Miguel, que es larguísima pero enrulada, seguro que ella también se hace la permanente.
        -Yo soy muy romántica, me gusta la música romántica,-  les decía Emma, los primeros días de presidio, a los reporteros que venían preguntarle cómo fue que cortó, con qué golpeó, con qué desmembró.
        Ella sueña, romántica, y su cabeza se dispara a años luz de ese cuarto, a kilómetros espaciales de esa noche.  Lo que ella quiere es un transistor para oír canciones.  Las de Radio Cordillera, que son sus preferidas, las que se sabe de memoria.  Si tuviera el transistor podría esconderse en una esquina del patio y desaparecer, volverse invisible, no pensar en nada, que nada sepa que ella está ahí.
       Pero no la dejan.  Cuando su cabecita loca se olvida de todo se lo vuelven a recordar.  Una amiga le trajo un recorte de periódico y ella lo leyó, lo escupió, lo arrugó, lo guardó en el bolsillo y después lo tiró:
“Sin inmutarse, con pasmosa sangre fría, Emma Vélez Mojica, una agraciada joven de 18 años, armada de un afilado cuchillo, descuartizó a su amante, empacó en bolsas plásticas los pedazos y diseminó sus restos por diferentes lugares de la ciudad”.
        Con pasmosa sangre fría, dice la prensa, y la sacan seria en las fotos, a ella que tanto le gusta salir linda.  Le dicen monstruo y asesina, a ella que le gusta lucirse, dar de qué hablar, pero por coqueta y por simpática.
         Le gusta exhibirse como hacía en las discotecas, en los rumbeaderos, cuando aparecía algún tipo de buena pinta y se quedaba mirándola.  Ella se percataba enseguida, se hacía la que no pero le notaba la cara de ganas, y lo deslumbraba poniéndole ritmo a la salsa, a Richie Ray y su jala-jala.  Con sus tacones ocho y medio, con su minifalda, con su copete Alf: Emma salía a la mitad de la pista cuando tronaba la salsa Caleña de sus favoritos, la de Fruko y sus Tesos.
        Fruko, el salsero famoso que metieron preso en Cali, se decía que por traficar, o por estafar, o tal vez por injusticia.  Ahora en la prisión, se acuerda Emma de lo que cantaba Fruko: “Olvidado para siempre en esta horrible celda, donde no llega la luz ni la voz de nadie”.
         Ahora sí se fija en lo que dice la letra, antes no, sólo bailaba la música, en sus ojos se reflejaban los focos azules y los rojos, y sus dientes se veían blanquísimos cuando prendían la luz negra.  El recién llegado la miraba con ganas y ella se olvidaba de su parejo, sólo se fijaba en el otro, siempre en los otros, nunca le importaban los que estaban con ella.
         Esos días de salsa y discoteca fueron buenos, los mejores de su vida.  Emma bailó sin parar, vio cien Emmas en las bolas de espejos que giran colgadas del techo, la neblina fría que sueltan por los hoyitos de la pista le refrescó las piernas, los rayos láser le iluminaron el pelo.
         Esos fueron sus días dorados, cuando se desquitó de tantos años, de 14 años de aburrirse y no hacer nada en su pueblo natal, en esa tierra de nadie que es Caquetá, Colombia.  Porque su vida pasada era igual a la de todas.  Otra campesina más venida a la gran ciudad; el cuento conocido que ya no conmueve.  Ni siquiera a ella misma: en cada noche bogotana de ron y discoteca, se le borraba un poco más de la memoria    su niñez monótona y breve.
         Se le había olvidado ya, por ejemplo, la cara del tío materno que la violó chiquita, que le regaló caramelos para que no contara y la siguió violando cada vez que la encontraba sola, hasta que la dejó embarazada.  La cara de ese tío se le confunde en el recuerdo con la de tantos otros hombres que siguieron después.
        Tampoco se acuerda bien de la cara de su hijo, Giovani.  Trata de acordarse pero quién sabe cómo será, ahora que creció.  Debe tener ya cinco años, y si Dios quiere sigue allá, en el pueblo, con su madrina que es la que lo cría.  Para qué acordarse si es mejor así, que no llegue la luz ni la voz de nadie.  Pero sonríe cuando cuenta que ella misma le puso Giovani, un nombre italiano, distinto, no como Emma, que es tan común, nombre de vieja.
        De Isidro, el novio que mató, sí se acuerda, aunque no quiera.  Sobre todo de su voz, que se le cuela en el cerebro aunque ella tararee las canciones de Amanda Miguel.  Aunque no quiere oye a Isidro cuando la amenazaba esa noche, cuando le gritaba ya muy borracho, caído de la perra:
        -Ahora sí.  Ahora sí es cuando nos matamos.
        Isidro Sánchez, el novio de Emma, era albañil y   futbolista. Un hombre robusto, grande.  Un trabajador calificado, enchapador, que ganaba bien y la llevó a compartir una pieza decente, como la gente.
         Le ofreció ponerle TV a color y equipo de sonido y le cumplió; tal vez fue por eso que Emma se quedó a vivir con él, aunque no le faltaron ofertas de otros.  Además, por qué no iba a vivir con él si al principio era buen novio.
         -¿Y usted lo quería? –le pregunto.
         -Pues, cómo le dijera, al principio sí.  Pero el tigre no era como lo pintaban...
          El tigre resultó distinto.  Al principio era un príncipe, la invitaba al cine.  Cuando Emma se enfermó de una pierna y no podían ir a bailar, la llevaba al fútbol con sus amigos.  Era detallista, cuenta Emma, y romántico como ella.  Le gustaba que el cuarto estuviera ordenado para quedarse por las noches viendo la tele, oyendo la radio.
        Eso fue sólo al principio.  Después empezó a tomar, a llegar tarde, cada noche más tarde, y le dio por celarla, por insultarla.
        -Usted se ve con hombres –le gritaba-.  Yo sé que aquí  estuvo alguien.
        Todas las noches los mismos gritos, hasta que empezó a golpearla y a dejarla encerrada. –Usted de aquí no sale, zorra, porque yo sé a qué es que sale.
         Encerrada todo el día, ella se aburría de tanta tele, y empezó a odiar el cuarto, a echar de menos los amigos de antes.-  Le hacían falta las luces de la pista, el trago, las miradas de los extraños.  Olvidados en un cajón tenía los tacones de charol y la minifalda; para qué iba a ponérselos, si tenía que estarse sola.
        Isidro llegaba borracho, gritaba por el cuarto, la llevaba a la cama a los empujones, la desvestía de mala manera.  No, el tigre no era como lo pintaba, y a la larga la pieza ordenada también la aburría a muerte, como el pueblo del Caquetá.
        Una tarde, cuenta Emma, cansada de tanto no hacer nada, se vistió con la minifalda, las medias de nylon, los tacones altos, se maquilló bien, puso a Richie Ray en stereo y se entretuvo bailando sola, entregada a la añoranza.
        Isidro entró por sorpresa, estalló en ira, quiso saber dónde estaba escondido el macho, para acabar con él.  No lo encontró, y entonces resolvió acabar con ella:
        -Ahora sí nos matamos –le dijo.
        -Yo no le comí cuento –recuerda Emma-.  Pensé que era la escenita de siempre, hasta que él agarró un cuchillo y me tiró dos lances.  Me tiró a matar, a la garganta.
        Ella sujetó la varilla de hierro con la que trancaban por dentro la puerta.  Él era más grande y más fuerte pero estaba borracho.  Ella estaba lúcida y tenía adentro el rencor agrio de muchos meses.
       -Si no acabo con él, él acaba conmigo –dice Emma que pensó, y le dio con toda la rabia por la cabeza.
       Parada sola en la cárcel de mujeres, Emma pasa los días sin hablar con nadie, y tal vez ninguna trabajadora social le ha contado que hay muchas otras que también fueron condenadas por matar al novio.  “Si no lo mato me mataba”, es la historia de todas, el cuento repetido que ya no conmueve.
        Pero el de ellas es peor, mucho peor, porque ella cortó en pedazos “con pasmosa sangre fría”, ella descuartizó, ella diseminó.  Por eso la gente que habla de ella recuerda otras historias tétricas, como la del japonés que guardó el cadáver de la novia en el refrigerador y se la fue comiendo poco a poco, lonja a lonja.
        Al final a Emma le fue mal, como a los perros en misa.  Primero esa noche de pesadilla y las náuseas por el olor, después el cadáver y el agotamiento por tanto trabajo sucio.  Días más adelante encontraron e identificaron la cabeza de Isidro, ya putrefacta, entre la zanja de Soacha.  Empezaron a buscarla a ella porque los vecinos sabían que era su novia, y a la policía le quedó fácil enterarse de que se había volado.  Localizaron el televisor que había vendido y por ahí le fueron siguiendo la huella por bares y discotecas, hasta que la encontraron.
          Ahora pasa las horas en la esquina del patio de El Buen Pastor, con las gafas negras puestas y en la cabeza dándole vueltas una sola voz, la de Amanda Miguel, él me mintió, él me dijo que me amaba y no era verdad.
         Esa canción tan romántica, tan bonita, vuelve y vuelve y tapa la otra voz, todas las otras voces.  Así Emma se siente mejor, está tranquila, está casi bien.  Aunque lástima de la salsa que ya nunca más, lástima de haber perdido el jala-jala y los focos azules y la luz negra, lástima de la tele y del equipo, lástima del pobre Fruko, del loco Fruko, que está tan lejos en alguna otra celda, adonde no llega la luz ni la voz de nadie.
        -Al fin de cuentas todo eso ya para qué –dice Emma, y no se compadece-.  Yo lo que quiero ahora es que me dejen sola, que no se metan conmigo, total, a quién le importa y mi vida yo ya la viví.
         El so cae tibio sobre el patio y yo hace un rato me olvidé de la falda escocesa alquilada que traigo puesta y de las chanclas que tengo en los pies, cien veces usadas por cien visitantes de reclusas.  Emma se estira al sol, autosuficiente y complacida como una gata, y por un instante la veo guardar las uñas y sonreír en paz.
         De pronto siento que se rompió el hielo.  Me nace tutearla, y sé que no se va a molestar al oír la pregunta que un rato antes no me hubiera atrevido a hacerle:

-Decime una cosa Emma, y por qué fue que lo cortaste...
-Eh, Ave María, cómo le meten de misterio a eso, ¿no? –me responde sin tensión.
-Bueno, es que es raro.
-Ahora contestame vos a mí, ¿vos sos rica?
-¿Cómo? –me sorprende su pregunta.
-Que si sos rica.
-Pues ni rica ni pobre.
-Pero carro propio sí tenés, no me lo vas a negar.
-Sí, carro sí tengo.
-Por eso no entendés nada.
-¿Cómo?
-Supongamos el caso de que es a vos a la que le cae la malparida hora y tenés que matar a tu man.
-Supongamos.
-Lo metés en el baúl de tu carro, lo tirás bien lejos y santo remedio, ¿no?
-Tal vez.
-Bueno, mija, a mí me tocaba en bus.  ¿Entendés?  ¿Qué hacés si te toca trastear al difunto en bus?  Pues te deshacés de él por pedazos, uno en cada viaje, ¿sí o qué?


Una rosa para Emilia

William Faulkner
I
Cuando murió la señorita Emilia Grierson, casi toda la ciudad asistió a su funeral; los hombres, con esa especie de respetuosa devoción ante un monumento que desaparece; las mujeres, en su mayoría, animadas de un sentimiento de curiosidad por ver por dentro la casa en la que nadie había entrado en los últimos diez años, salvo un viejo sirviente, que hacía de cocinero y jardinero a la vez.
La casa era una construcción cuadrada, pesada, que había sido blanca en otro tiempo, decorada con cúpulas, volutas, espirales y balcones en el pesado estilo del siglo XVII; asentada en la calle principal de la ciudad en los tiempos en que se construyó, se había visto invadida más tarde por garajes y fábricas de algodón, que habían llegado incluso a borrar el recuerdo de los ilustres nombres del vecindario. Tan sólo había quedado la casa de la señorita Emilia, levantando su permanente y coqueta decadencia sobre los vagones de algodón y bombas de gasolina, ofendiendo la vista, entre las demás cosas que también la ofendían. Y ahora la señorita Emilia había ido a reunirse con los representantes de aquellos ilustres hombres que descansaban en el sombreado cementerio, entre las alineadas y anónimas tumbas de los soldados de la Unión, que habían caído en la batalla de Jefferson.
Mientras vivía, la señorita Emilia había sido para la ciudad una tradición, un deber y un cuidado, una especie de heredada tradición, que databa del día en que el coronel Sartoris el Mayor -autor del edicto que ordenaba que ninguna mujer negra podría salir a la calle sin delantal-, la eximió de sus impuestos, dispensa que había comenzado cuando murió su padre y que más tarde fue otorgada a perpetuidad. Y no es que la señorita Emilia fuera capaz de aceptar una caridad. Pero el coronel Sartoris inventó un cuento, diciendo que el padre de la señorita Emilia había hecho un préstamo a la ciudad, y que la ciudad se valía de este medio para pagar la deuda contraída. Sólo un hombre de la generación y del modo de ser del coronel Sartoris hubiera sido capaz de inventar una excusa semejante, y sólo una mujer como la señorita Emilia podría haber dado por buena esta historia.
Cuando la siguiente generación, con ideas más modernas, maduró y llegó a ser directora de la ciudad, aquel arreglo tropezó con algunas dificultades. Al comenzar el año enviaron a la señorita Emilia por correo el recibo de la contribución, pero no obtuvieron respuesta. Entonces le escribieron, citándola en el despacho del alguacil para un asunto que le interesaba. Una semana más tarde el alcalde volvió a escribirle ofreciéndole ir a visitarla, o enviarle su coche para que acudiera a la oficina con comodidad, y recibió en respuesta una nota en papel de corte pasado de moda, y tinta empalidecida, escrita con una floreada caligrafía, comunicándole que no salía jamás de su casa. Así pues, la nota de la contribución fue archivada sin más comentarios.
Convocaron, entonces, una junta de regidores, y fue designada una delegación para que fuera a visitarla.
Allá fueron, en efecto, y llamaron a la puerta, cuyo umbral nadie había traspasado desde que aquélla había dejado de dar lecciones de pintura china, unos ocho o diez años antes. Fueron recibidos por el viejo negro en un oscuro vestíbulo, del cual arrancaba una escalera que subía en dirección a unas sombras aún más densas. Olía allí a polvo y a cerrado, un olor pesado y húmedo. El vestíbulo estaba tapizado en cuero. Cuando el negro descorrió las cortinas de una ventana, vieron que el cuero estaba agrietado y cuando se sentaron, se levantó una nubecilla de polvo en torno a sus muslos, que flotaba en ligeras motas, perceptibles en un rayo de sol que entraba por la ventana. Sobre la chimenea había un retrato a lápiz, del padre de la señorita Emilia, con un deslucido marco dorado.
Todos se pusieron en pie cuando la señorita Emilia entró -una mujer pequeña, gruesa, vestida de negro, con una pesada cadena en torno al cuello que le descendía hasta la cintura y que se perdía en el cinturón-; debía de ser de pequeña estatura; quizá por eso, lo que en otra mujer pudiera haber sido tan sólo gordura, en ella era obesidad. Parecía abotagada, como un cuerpo que hubiera estado sumergido largo tiempo en agua estancada. Sus ojos, perdidos en las abultadas arrugas de su faz, parecían dos pequeñas piezas de carbón, prensadas entre masas de terrones, cuando pasaban sus miradas de uno a otro de los visitantes, que le explicaban el motivo de su visita.
No los hizo sentar; se detuvo en la puerta y escuchó tranquilamente, hasta que el que hablaba terminó su exposición. Pudieron oír entonces el tictac del reloj que pendía de su cadena, oculto en el cinturón.
Su voz fue seca y fría.
-Yo no pago contribuciones en Jefferson. El coronel Sartoris me eximió. Pueden ustedes dirigirse al Ayuntamiento y allí les informarán a su satisfacción.
-De allí venimos; somos autoridades del Ayuntamiento, ¿no ha recibido usted un comunicado del alguacil, firmado por él?
-Sí, recibí un papel -contestó la señorita Emilia-. Quizá él se considera alguacil. Yo no pago contribuciones en Jefferson.
-Pero en los libros no aparecen datos que indiquen una cosa semejante. Nosotros debemos…
-Vea al coronel Sartoris. Yo no pago contribuciones en Jefferson.
-Pero, señorita Emilia…
-Vea al coronel Sartoris (el coronel Sartoris había muerto hacía ya casi diez años.) Yo no pago contribuciones en Jefferson. ¡Tobe! -exclamó llamando al negro-. Muestra la salida a estos señores.
II
Así pues, la señorita Emilia venció a los regidores que fueron a visitarla del mismo modo que treinta años antes había vencido a los padres de los mismos regidores, en aquel asunto del olor. Esto ocurrió dos años después de la muerte de su padre y poco después de que su prometido -todos creímos que iba a casarse con ella- la hubiera abandonado. Cuando murió su padre apenas si volvió a salir a la calle; después que su prometido desapareció, casi dejó de vérsele en absoluto. Algunas señoras que tuvieron el valor de ir a visitarla, no fueron recibidas; y la única muestra de vida en aquella casa era el criado negro -un hombre joven a la sazón-, que entraba y salía con la cesta del mercado al brazo.
“Como si un hombre -cualquier hombre- fuera capaz de tener la cocina limpia”, comentaban las señoras, así que no les extrañó cuando empezó a sentirse aquel olor; y esto constituyó otro motivo de relación entre el bajo y prolífico pueblo y aquel otro mundo alto y poderoso de los Grierson.
Una vecina de la señorita Emilia acudió a dar una queja ante el alcalde y juez Stevens, anciano de ochenta años.
-¿Y qué quiere usted que yo haga? -dijo el alcalde.
-¿Qué quiero que haga? Pues que le envíe una orden para que lo remedie. ¿Es que no hay una ley?
-No creo que sea necesario -afirmó el juez Stevens-. Será que el negro ha matado alguna culebra o alguna rata en el jardín. Ya le hablaré acerca de ello.
Al día siguiente, recibió dos quejas más, una de ellas partió de un hombre que le rogó cortésmente:
-Tenemos que hacer algo, señor juez; por nada del mundo querría yo molestar a la señorita Emilia; pero hay que hacer algo.
Por la noche, el tribunal de los regidores -tres hombres que peinaban canas, y otro algo más joven- se encontró con un hombre de la joven generación, al que hablaron del asunto.
-Es muy sencillo -afirmó éste-. Ordenen a la señorita Emilia que limpie el jardín, denle algunos días para que lo lleve a cabo y si no lo hace…
-Por favor, señor -exclamó el juez Stevens-. ¿Va usted a acusar a la señorita Emilia de que huele mal?
Al día siguiente por la noche, después de las doce, cuatro hombres cruzaron el césped de la finca de la señorita Emilia y se deslizaron alrededor de la casa, como ladrones nocturnos, husmeando los fundamentos del edificio, construidos con ladrillo, y las ventanas que daban al sótano, mientras uno de ellos hacía un acompasado movimiento, como si estuviera sembrando, metiendo y sacando la mano de un saco que pendía de su hombro. Abrieron la puerta de la bodega, y allí esparcieron cal, y también en las construcciones anejas a la casa. Cuando hubieron terminado y emprendían el regreso, detrás de una iluminada ventana que al llegar ellos estaba oscura, vieron sentada a la señorita Emilia, rígida e inmóvil como un ídolo. Cruzaron lentamente el prado y llegaron a los algarrobos que se alineaban a lo largo de la calle. Una semana o dos más tarde, aquel olor había desaparecido.
Así fue cómo el pueblo empezó a sentir verdadera compasión por ella. Todos en la ciudad recordaban que su anciana tía, lady Wyatt, había acabado completamente loca, y creían que los Grierson se tenían en más de lo que realmente eran. Ninguno de nuestros jóvenes casaderos era bastante bueno para la señorita Emilia. Nos habíamos acostumbrado a representarnos a ella y a su padre como un cuadro. Al fondo, la esbelta figura de la señorita Emilia, vestida de blanco; en primer término, su padre, dándole la espalda, con un látigo en la mano, y los dos, enmarcados por la puerta de entrada a su mansión. Y así, cuando ella llegó a sus 30 años en estado de soltería, no sólo nos sentíamos contentos por ello, sino que hasta experimentamos como un sentimiento de venganza. A pesar de la tara de la locura en su familia, no hubieran faltado a la señorita Emilia ocasiones de matrimonio, si hubiera querido aprovecharlas..
Cuando murió su padre, se supo que a su hija sólo le quedaba en propiedad la casa, y en cierto modo esto alegró a la gente; al fin podían compadecer a la señorita Emilia. Ahora que se había quedado sola y empobrecida, sin duda se humanizaría; ahora aprendería a conocer los temblores y la desesperación de tener un céntimo de más o de menos.
Al día siguiente de la muerte de su padre, las señoras fueron a la casa a visitar a la señorita Emilia y darle el pésame, como es costumbre. Ella, vestida como siempre, y sin muestra ninguna de pena en el rostro, las puso en la puerta, diciéndoles que su padre no estaba muerto. En esta actitud se mantuvo tres días, visitándola los ministros de la Iglesia y tratando los doctores de persuadirla de que los dejara entrar para disponer del cuerpo del difunto. Cuando ya estaban dispuestos a valerse de la fuerza y de la ley, la señorita Emilia rompió en sollozos y entonces se apresuraron a enterrar al padre.
No decimos que entonces estuviera loca. Creímos que no tuvo más remedio que hacer esto. Recordando a todos los jóvenes que su padre había desechado, y sabiendo que no le había quedado ninguna fortuna, la gente pensaba que ahora no tendría más remedio que agarrarse a los mismos que en otro tiempo había despreciado.
III
La señorita Emilia estuvo enferma mucho tiempo. Cuando la volvimos a ver, llevaba el cabello corto, lo que la hacía aparecer más joven que una muchacha, con una vaga semejanza con esos ángeles que figuran en los vidrios de colores de las iglesias, de expresión a la vez trágica y serena…
Por entonces justamente la ciudad acababa de firmar los contratos para pavimentar las calles, y en el verano siguiente a la muerte de su padre empezaron los trabajos. La compañía constructora vino con negros, mulas y maquinaria, y al frente de todo ello, un capataz, Homer Barron, un yanqui blanco de piel oscura, grueso, activo, con gruesa voz y ojos más claros que su rostro. Los muchachillos de la ciudad solían seguirlo en grupos, por el gusto de verlo renegar de los negros, y oír a éstos cantar, mientras alzaban y dejaban caer el pico. Homer Barren conoció en seguida a todos los vecinos de la ciudad. Dondequiera que, en un grupo de gente, se oyera reír a carcajadas se podría asegurar, sin temor a equivocarse, que Homer Barron estaba en el centro de la reunión. Al poco tiempo empezamos a verlo acompañando a la señorita Emilia en las tardes del domingo, paseando en la calesa de ruedas amarillas o en un par de caballos bayos de alquiler…
Al principio todos nos sentimos alegres de que la señorita Emilia tuviera un interés en la vida, aunque todas las señoras decían: “Una Grierson no podía pensar seriamente en unirse a un hombre del Norte, y capataz por añadidura.” Había otros, y éstos eran los más viejos, que afirmaban que ninguna pena, por grande que fuera, podría hacer olvidar a una verdadera señora aquello de noblesse oblige -claro que sin decir noblesse oblige– y exclamaban:
“¡Pobre Emilia! ¡Ya podían venir sus parientes a acompañarla!”, pues la señorita Emilia tenía familiares en Alabama, aunque ya hacía muchos años que su padre se había enemistado con ellos, a causa de la vieja lady Wyatt, aquella que se volvió loca, y desde entonces se había roto toda relación entre ellos, de tal modo que ni siquiera habían venido al funeral.
Pero lo mismo que la gente empezó a exclamar: “¡Pobre Emilia!”, ahora empezó a cuchichear: “Pero ¿tú crees que se trata de…?” “¡Pues claro que sí! ¿Qué va a ser, si no?”, y para hablar de ello, ponían sus manos cerca de la boca. Y cuando los domingos por la tarde, desde detrás de las ventanas entornadas para evitar la entrada excesiva del sol, oían el vivo y ligero clop, clop, clop, de los bayos en que la pareja iba de paseo, podía oírse a las señoras exclamar una vez más, entre un rumor de sedas y satenes: “¡Pobre Emilia!”
Por lo demás, la señorita Emilia seguía llevando la cabeza alta, aunque todos creíamos que había motivos para que la llevara humillada. Parecía como si, más que nunca, reclamara el reconocimiento de su dignidad como última representante de los Grierson; como si tuviera necesidad de este contacto con lo terreno para reafirmarse a sí misma en su impenetrabilidad. Del mismo modo se comportó cuando adquirió el arsénico, el veneno para las ratas; esto ocurrió un año más tarde de cuando se empezó a decir: “¡Pobre Emilia!”, y mientras sus dos primas vinieron a visitarla.
-Necesito un veneno -dijo al droguero. Tenía entonces algo más de los 30 años y era aún una mujer esbelta, aunque algo más delgada de lo usual, con ojos fríos y altaneros brillando en un rostro del cual la carne parecía haber sido estirada en las sienes y en las cuencas de los ojos; como debe parecer el rostro del que se halla al pie de una farola.
-Necesito un veneno -dijo.
-¿Cuál quiere, señorita Emilia? ¿Es para las ratas? Yo le recom…
-Quiero el más fuerte que tenga -interrumpió-. No importa la clase.
El droguero le enumeró varios.
-Pueden matar hasta un elefante. Pero ¿qué es lo que usted desea. . .?
-Quiero arsénico. ¿Es bueno?
-¿Que si es bueno el arsénico? Sí, señora. Pero ¿qué es lo que desea…?
-Quiero arsénico.
El droguero la miró de abajo arriba. Ella le sostuvo la mirada de arriba abajo, rígida, con la faz tensa.
-¡Sí, claro -respondió el hombre-; si así lo desea! Pero la ley ordena que hay que decir para qué se va a emplear.
La señorita Emilia continuaba mirándolo, ahora con la cabeza levantada, fijando sus ojos en los ojos del droguero, hasta que éste desvió su mirada, fue a buscar el arsénico y se lo empaquetó. El muchacho negro se hizo cargo del paquete. E1 droguero se metió en la trastienda y no volvió a salir. Cuando la señorita Emilia abrió el paquete en su casa, vio que en la caja, bajo una calavera y unos huesos, estaba escrito: “Para las ratas”.
IV
Al día siguiente, todos nos preguntábamos: “¿Se irá a suicidar?” y pensábamos que era lo mejor que podía hacer. Cuando empezamos a verla con Homer Barron, pensamos: “Se casará con él”. Más tarde dijimos: “Quizás ella le convenga aún”, pues Homer, que frecuentaba el trato de los hombres y se sabía que bebía bastante, había dicho en el Club Elks que él no era un hombre de los que se casan. Y repetimos una vez más: “¡Pobre Emilia!” desde atrás de las vidrieras, cuando aquella tarde de domingo los vimos pasar en la calesa, la señorita Emilia con la cabeza erguida y Homer Barron con su sombrero de copa, un cigarro entre los dientes y las riendas y el látigo en las manos cubiertas con guantes amarillos….
Fue entonces cuando las señoras empezaron a decir que aquello constituía una desgracia para la ciudad y un mal ejemplo para la juventud. Los hombres no quisieron tomar parte en aquel asunto, pero al fin las damas convencieron al ministro de los bautistas -la señorita Emilia pertenecía a la Iglesia Episcopal- de que fuera a visitarla. Nunca se supo lo que ocurrió en aquella entrevista; pero en adelante el clérigo no quiso volver a oír nada acerca de una nueva visita. El domingo que siguió a la visita del ministro, la pareja cabalgó de nuevo por las calles, y al día siguiente la esposa del ministro escribió a los parientes que la señorita Emilia tenía en Alabama….
De este modo, tuvo a sus parientes bajo su techo y todos nos pusimos a observar lo que pudiera ocurrir. Al principio no ocurrió nada, y empezamos a creer que al fin iban a casarse. Supimos que la señorita Emilia había estado en casa del joyero y había encargado un juego de tocador para hombre, en plata, con las iniciales H.B. Dos días más tarde nos enteramos de que había encargado un equipo completo de trajes de hombre, incluyendo la camisa de noche, y nos dijimos: “Van a casarse” y nos sentíamos realmente contentos. Y nos alegrábamos más aún, porque las dos parientas que la señorita Emilia tenía en casa eran todavía más Grierson de lo que la señorita Emilia había sido….
Así pues, no nos sorprendimos mucho cuando Homer Barron se fue, pues la pavimentación de las calles ya se había terminado hacía tiempo. Nos sentimos, en verdad, algo desilusionados de que no hubiera habido una notificación pública; pero creímos que iba a arreglar sus asuntos, o que quizá trataba de facilitarle a ella el que pudiera verse libre de sus primas. (Por este tiempo, hubo una verdadera intriga y todos fuimos aliados de la señorita Emilia para ayudarla a desembarazarse de sus primas). En efecto, pasada una semana, se fueron y, como esperábamos, tres días después volvió Homer Barron. Un vecino vio al negro abrirle la puerta de la cocina, en un oscuro atardecer….
Y ésta fue la última vez que vimos a Homer Barron. También dejamos de ver a la señorita Emilia por algún tiempo. El negro salía y entraba con la cesta de ir al mercado; pero la puerta de la entrada principal permanecía cerrada. De vez en cuando podíamos verla en la ventana, como aquella noche en que algunos hombres esparcieron la cal; pero casi por espacio de seis meses no fue vista por las calles. Todos comprendimos entonces que esto era de esperar, como si aquella condición de su padre, que había arruinado la vida de su mujer durante tanto tiempo, hubiera sido demasiado virulenta y furiosa para morir con él….
Cuando vimos de nuevo a la señorita Emilia había engordado y su cabello empezaba a ponerse gris. En pocos años este gris se fue acentuando, hasta adquirir el matiz del plomo. Cuando murió, a los 74 años, tenía aún el cabello de un intenso gris plomizo, y tan vigoroso como el de un hombre joven….
Todos estos años la puerta principal permaneció cerrada, excepto por espacio de unos seis o siete, cuando ella andaba por los 40, en los cuales dio lecciones de pintura china. Había dispuesto un estudio en una de las habitaciones del piso bajo, al cual iban las hijas y nietas de los contemporáneos del coronel Sartoris, con la misma regularidad y aproximadamente con el mismo espíritu con que iban a la iglesia los domingos, con una pieza de ciento veinticinco para la colecta.
Entretanto, se le había dispensado de pagar las contribuciones.
Cuando la generación siguiente se ocupó de los destinos de la ciudad, las discípulas de pintura, al crecer, dejaron de asistir a las clases, y ya no enviaron a sus hijas con sus cajas de pintura y sus pinceles, a que la señorita Emilia les enseñara a pintar según las manidas imágenes representadas en las revistas para señoras. La puerta de la casa se cerró de nuevo y así permaneció en adelante. Cuando la ciudad tuvo servicio postal, la señorita Emilia fue la única que se negó a permitirles que colocasen encima de su puerta los números metálicos, y que colgasen de la misma un buzón. No quería ni oír hablar de ello.
Día tras día, año tras año, veíamos al negro ir y venir al mercado, cada vez más canoso y encorvado. Cada año, en el mes de diciembre, le enviábamos a la señorita Emilia el recibo de la contribución, que nos era devuelto, una semana más tarde, en el mismo sobre, sin abrir. Alguna vez la veíamos en una de las habitaciones del piso bajo -evidentemente había cerrado el piso alto de la casa- semejante al torso de un ídolo en su nicho, dándose cuenta, o no dándose cuenta, de nuestra presencia; eso nadie podía decirlo. Y de este modo la señorita Emilia pasó de una a otra generación, respetada, inasequible, impenetrable, tranquila y perversa.
Y así murió. Cayo enferma en aquella casa, envuelta en polvo y sombras, teniendo para cuidar de ella solamente a aquel negro torpón. Ni siquiera supimos que estaba enferma, pues hacía ya tiempo que habíamos renunciado a obtener alguna información del negro. Probablemente este hombre no hablaba nunca, ni aun con su ama, pues su voz era ruda y áspera, como si la tuviera en desuso.
Murió en una habitación del piso bajo, en una sólida cama de nogal, con cortinas, con la cabeza apoyada en una almohada amarilla, empalidecida por el paso del tiempo y la falta de sol.
V
El negro recibió en la puerta principal a las primeras señoras que llegaron a la casa, las dejó entrar curioseándolo todo y hablando en voz baja, y desapareció. Atravesó la casa, salió por la puerta trasera y no se volvió a ver más. Las dos primas de la señorita Emilia llegaron inmediatamente, dispusieron el funeral para el día siguiente, y allá fue la ciudad entera a contemplar a la señorita Emilia yaciendo bajo montones de flores, y con el retrato a lápiz de su padre colocado sobre el ataúd, acompañada por las dos damas sibilantes y macabras. En el balcón estaban los hombres, y algunos de ellos, los más viejos, vestidos con su cepillado uniforme de confederados; hablaban de ella como si hubiera sido contemporánea suya, como si la hubieran cortejado y hubieran bailado con ella, confundiendo el tiempo en su matemática progresión, como suelen hacerlo las personas ancianas, para quienes el pasado no es un camino que se aleja, sino una vasta pradera a la que el invierno no hace variar, y separado de los tiempos actuales por la estrecha unión de los últimos diez años.
Sabíamos ya todos que en el piso superior había una habitación que nadie había visto en los últimos cuarenta años y cuya puerta tenía que ser forzada. No obstante esperaron, para abrirla, a que la señorita Emilia descansara en su tumba.
Al echar abajo la puerta, la habitación se llenó de una gran cantidad de polvo, que pareció invadirlo todo. En esta habitación, preparada y adornada como para una boda, por doquiera parecía sentirse como una tenue y acre atmósfera de tumba: sobre las cortinas, de un marchito color de rosa; sobre las pantallas, también rosadas, situadas sobre la mesa-tocador; sobre la araña de cristal; sobre los objetos de tocador para hombre, en plata tan oxidada que apenas se distinguía el monograma con que estaban marcados. Entre estos objetos aparecía un cuello y una corbata, como si se hubieran acabado de quitar y así, abandonados sobre el tocador, resplandecían con una pálida blancura en medio del polvo que lo llenaba todo. En una silla estaba un traje de hombre, cuidadosamente doblado; al pie de la silla, los calcetines y los zapatos.
El hombre yacía en la cama.
Por un largo tiempo nos detuvimos a la puerta, mirando asombrados aquella apariencia misteriosa y descarnada. El cuerpo había quedado en la actitud de abrazar; pero ahora el largo sueño que dura más que el amor, que vence al gesto del amor, lo había aniquilado. Lo que quedaba de él, pudriéndose bajo lo que había sido camisa de dormir, se había convertido en algo inseparable de la cama en que yacía. Sobre él, y sobre la almohada que estaba a su lado, se extendía la misma capa de denso y tenaz polvo.
Entonces nos dimos cuenta de que aquella segunda almohada ofrecía la depresión dejada por otra cabeza. Uno de los que allí estábamos levantó algo que había sobre ella e inclinándonos hacia delante, mientras se metía en nuestras narices aquel débil e invisible polvo seco y acre, vimos una larga hebra de cabello gris.

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