El cuerpo
Xavier
era un hombre truculento y cruel. Muy fuerte el hombre. Le encantaban los
tangos. Fue a ver El último tango en París y se excitó terriblemente. No
comprendió la película: pensaba que se trataba de un filme de sexo. No
descubrió que era la historia de un hombre desesperado.
Clarice Lispector
En la
noche en que vio El último tango en París los tres se metieron en la cama:
Xavier, Carmen y Beatriz. Todo el mundo sabía que Xavier era bígamo: vivía con
dos mujeres.
Cada
noche le tocaba a una. A veces dos veces por noche. A la que no le tocaba se
quedaba presenciando. Ninguna tenía celos de la otra.
Beatriz
comía que daba gusto: era gorda y enjundiosa. En cambio Carmen era alta y
delgada.
La
noche del último tango en París fue memorable para los tres. En la madrugada
estaban exhaustos. Pero Carmen se levantó por la mañana, preparó un opíparo
desayuno —con cucharas llenas de crema espesa de leche— y lo llevó para Beatriz
y para Xavier. Estaba somnolienta. Fue necesario darse un baño en la ducha
helada para ponerse en forma nuevamente.
Ese
día —domingo— almorzaron a las tres de la tarde. La que cocinó fue Beatriz, la
gorda. Xavier bebió vino francés. Y se comió solito un pollo entero. Entre las
dos se comieron el otro pollo. Los pollos estaban rellenos con masa de harina
de mandioca con pasas y ciruelas, todo impregnado, rico.
A las
seis de la tarde, los tres se dirigieron a la iglesia. Parecían un bolero. El
bolero de Ravel.
Y por
la noche se quedaron en casa viendo la televisión y comiendo. Esa noche no
sucedió nada: los tres estaban muy cansados.
Y así
era, día tras día.
Xavier
trabajaba mucho para mantener a las dos mujeres y a sí mismo: las comidas eran
abundantes. Pero a veces engañaba a ambas con una prostituta excelente. Pero en
casa nada contaba, pues no estaba loco.
Pasaban
los días, los meses, los años. Nadie moría. Xavier tenía cuarenta y siete años.
Carmen tenía treinta y nueve. Beatriz ya había cumplido los cincuenta.
La
vida les sonreía. A veces Carmen y Beatriz salían a comprar camisas llenas de
imágenes de sexo. Compraban también perfume. Carmen era más elegante. Beatriz,
con sus lonjas, escogía un bikini y un sostén minúsculo para los enormes senos
que poseía.
Un
día Xavier llegó ya muy tarde de noche: las dos estaban desesperadas. Apenas si
sabían que estaba con la prostituta. Los tres en verdad eran cuatro, como los
tres mosqueteros.
Xavier
llegó con un hambre de nunca acabar. Abrió una botella de champaña. Estaba en
pleno vigor. Habló animadamente con las dos, les contó que la industria
farmacéutica de su propiedad iba bien de finanzas. Y les propuso a ambas que
los tres fueran a Montevideo, a un hotel de lujo.
Fue
tal el barullo por la preparación de las tres maletas.
Carmen
se llevó todo su complicado maquillaje. Beatriz salió a comprar una minifalda.
Viajaron en avión. Se sentaron en la fila de tres asientos: él en medio de las
dos.
En
Montevideo compraron todo lo que quisieron. Incluso una máquina de coser para
Beatriz y una máquina de escribir para Carmen, que quería aprender. En verdad
no necesitaba nada, era una pobre desgraciada. Llevaba un diario: anotaba en
las páginas del grueso cuaderno empastado en rojo las fechas en que Xavier la
buscaba. Le daba el diario a Beatriz para que lo leyera.
En
Montevideo compraron un libro de recetas culinarias. Sólo que estaba en francés
y ellas no entendían. Parecían más palabrotas que palabras.
Entonces
compraron un recetario en castellano. Y se esmeraron en las sopas y en las
salsas. Aprendieron a hacer rosbif. Xavier engordó tres kilos y su fuerza de
toro aumentó.
A
veces las dos se acostaban en la cama. Largo era el día. Y, a pesar de que no
eran lesbianas, se excitaban una a otra y hacían el amor. Amor triste.
Un
día le contaron ese hecho a Xavier.
Xavier
se excitó. Y quiso que esa noche las dos se amaran frente a él. Pero, ordenado
de esa manera, terminó todo en nada. Las dos lloraron y Xavier se encolerizó
furiosamente.
Durante
tres días no le dirigió la palabra a ninguna de las dos.
Pero,
durante ese intervalo, y sin encargo, las dos fueron a la cama con éxito.
Al
teatro los tres no iban. Preferían ver la televisión. O cenar fuera.
Xavier
comía con malos modales: agarraba la comida con las manos, hacía mucho ruido al
masticar, además de comer con la boca abierta. Carmen era más refinada, le daba
asco y vergüenza. Beatriz tampoco tenía vergüenza, hasta desnuda andaba por la
casa.
No se
sabe cómo empezó. Pero comenzó.
Un
día, Xavier llegó del trabajo con marcas de lápiz de labios en la camisa. No
pudo negar que había estado con su prostituta preferida. Carmen y Beatriz
agarraron un trozo de palo cada una y corrieron detrás de Xavier por toda la
casa. Éste corría todo desesperado, gritando: ¡perdón!, ¡perdón!, ¡perdón!
Las
dos, también cansadas, finalmente dejaron de perseguirlo.
A las
tres de la mañana, Xavier tuvo ganas de poseer a una de las mujeres. Llamó a
Beatriz porque era la menos rencorosa. Beatriz, lánguida y cansada, se prestó a
los deseos del hombre que parecía un superhombre.
Pero
al día siguiente le advirtieron que ya no cocinarían para él. Que se las
arreglara con la tercera mujer.
Las
dos de vez en cuando lloraban y Beatriz preparó para ambas una ensalada de
patatas con mayonesa.
Por
la tarde fueron al cine. Cenaron fuera y sólo regresaron a casa a medianoche.
Encontraron a un Xavier abatido, triste y con hambre. El intentó explicar:
—¡Es
porque a veces me dan ganas durante el día!
—Entonces
—le dijo Carmen—, ¿por qué no regresas a casa?
Prometió
que así lo haría. Y lloró. Cuando lloró, Carmen y Beatriz se quedaron con el
corazón destrozado. Esa noche, las dos hicieron el amor delante de él y él se
consumía de envidia.
¿Cómo es que empezó el deseo de venganza? Las dos eran cada vez más amigas y lo
despreciaban.
Él no
cumplió la promesa y buscó a la prostituta. Ésta lo excitaba porque le decía
muchas obscenidades. Lo llamaba hijo de puta. Él aceptaba todo.
Hasta
que llegó cierto día.
O
mejor, una noche. Xavier dormía plácidamente como buen ciudadano que era. Las
dos permanecieron sentadas junto a una mesa, pensativas. Cada una pensaba en su
infancia perdida. Y pensaron en la muerte. Carmen dijo:
—Un
día nosotros tres moriremos.
Beatriz
replicó:
—Y
así y punto.
Tenían
que esperar pacientemente el día en que cerrarían los ojos para siempre. ¿Y
Xavier? ¿Qué harían con Xavier? Éste parecía un niño durmiendo.
—¿Vamos
a esperar que Xavier se muera de muerte natural? —preguntó Beatriz.
Carmen
pensó, pensó y dijo:
—Creo
que las dos debemos darle una ayudita.
—¿Qué
ayuda?
—Todavía
no lo sé.
—Pero
tenemos que decidir.
—Déjalo
de mi cuenta, yo sé lo que hago.
Y
nada de nada. Dentro de poco tiempo sería de madrugada y nada habría sucedido.
Carmen preparó para las dos un café bien fuerte. Y comieron chocolate hasta la
náusea. Y nada, nada ocurrió realmente.
Encendieron
la radio a pilas y oyeron una angustiante música de Schubert. Era piano solo.
Carmen dijo:
—Tiene
que ser hoy.
Carmen
era la líder y Beatriz obedecía. Era una noche especial: llena de estrellas que
las miraban brillantes y tranquilas. Qué silencio. Pero qué silencio. Se
aproximaron las dos a Xavier para ver si se inspiraban. Xavier roncaba. Carmen
realmente se inspiró.
Le
dijo a Beatriz:
—En
la cocina hay dos cuchillos grandes.
—¿Y
luego?
—Pues
que nosotras somos dos y tenemos dos cuchillos grandes.
—¿Y
luego?
—Y
luego, burra, nosotras dos tenemos armas y podremos hacer lo que necesitamos
hacer. Dios lo manda.
—¿No
sería mejor no hablar de Dios en este momento?
—¿Quieres
que hable del diablo? No, hablo de Dios porque es el dueño de todas las cosas.
Del espacio y del tiempo.
Entonces
entraron en la cocina. Los dos cuchillos grandes estaban filosos, eran de fino
acero pulido. ¿Tendrían fuerza?
Sí,
la tendrían.
Salieron
armadas. La habitación estaba oscura. Ellas dieron de cuchilladas erróneamente,
apuñalando la manta. La noche era fría. Entonces lograron distinguir el cuerpo
dormido de Xavier.
La
sangre copiosa de Xavier escurría profusamente en la cama, por el suelo.
Carmen
y Beatriz se sentaron junto a la mesa del comedor, bajo la luz amarilla del
foco desnudo, estaban exhaustas. Matar requiere fuerza. Fuerza humana. Fuerza
divina. Las dos estaban sudadas, mudas, abatidas. Si hubieran podido, no
habrían matado a su gran amor.
¿Y
ahora? Ahora tenían que deshacerse del cuerpo. El cuerpo era grande. El cuerpo
pesaba.
Fueron
entonces al jardín y con la ayuda de dos palas cavaron en la tierra una fosa.
Y, en
la oscuridad de la noche, cargaron el cuerpo hasta el jardín. Era difícil
porque Xavier muerto parecía pesar más que cuando estaba vivo, pues se le había
escapado el espíritu. Mientras lo cargaban, gemían de cansancio y de dolor.
Beatriz lloraba.
Colocaron
el gran cuerpo dentro de la fosa, la cubrieron con la tierra húmeda y olorosa
del jardín, tierra buena para las plantas. Después entraron en la casa,
prepararon nuevamente el café y se restablecieron un poco.
Beatriz,
que era muy romántica, se pasaba el tiempo leyendo fotonovelas en las que
ocurrían amores contrariados o perdidos. Ella tuvo la idea de plantar rosas en
esa tierra fértil.
Entonces
salieron de nuevo al jardín, agarraron una matita de rosas rojas y la plantaron
en la sepultura del llorado Xavier. Amanecía. El jardín impregnado de rocío. El
rocío era una bendición al asesinato. Así pensaron ellas, sentadas en el banco
blanco que había ahí.
Pasaron
los días. Las dos mujeres compraron vestidos negros. Y apenas comían. Cuando
anochecía, la tristeza recaía sobre ellas. No tenían ya gusto para cocinar. De
rabia, Carmen, colérica, rompió el libro de recetas en francés. Guardó el de
castellano: nunca se sabía si aún podría ser necesario.
Beatriz
pasó a ocuparse de la cocina. Ambas comían y bebían en silencio. El pie de
rosas rojas parecía haber pegado. Buena mano para plantar, buena tierra
propicia. Todo resuelto.
Y así
quedaría cerrado el caso.
Pero
sucedió que al secretario de Xavier le extrañó su prolongada ausencia. Había
papeles urgentes que firmar. Como la casa de Xavier no tenía teléfono, fue
hasta allá. La casa parecía impregnada de mala suerte. Las dos mujeres le
dijeron que Xavier había salido de viaje, que estaba en Montevideo. El
secretario no las creyó del todo pero pareció que se había tragado la historia.
A la
semana siguiente, el secretario fue a la delegación. Con la policía no se
juega. Primeramente, los agentes de policía no quisieron darle crédito a la
historia. Pero, ante la insistencia del secretario, decidieron perezosamente
dar la orden de búsqueda en la casa del polígamo. Todo en vano: nada de Xavier.
Entonces
Carmen habló de esta manera:
—Xavier
está en el jardín.
—¿En
el jardín? ¿Haciendo qué?
—Sólo
Dios lo sabe.
—Pero
nosotros no vimos nada ni a nadie.
Fueron
al jardín: Carmen, Beatriz, el secretario de nombre Alberto, dos agentes de
policía y dos hombres más que no se sabía quiénes eran. Siete personas.
Entonces Beatriz, sin ninguna lágrima en los ojos, les mostró la fosa florida.
Tres hombres abrieron la sepultura, destrozando el pie de rosas que sufrían por
casualidad la brutalidad humana.
Y
vieron a Xavier. Estaba horrible, deformado, ya medio carcomido, con los ojos
abiertos.
—¿Y
ahora? —dijo uno de los agentes.
—Y
ahora hay que detener a las dos mujeres.
—Pero
—dijo Carmen— que sea en la misma celda.
—Mire
—dijo uno de los agentes frente al secretario atónito—, lo mejor es fingir que
nada ha sucedido, si no va a haber mucho barullo, mucho papeleo escrito, muchos
alegatos
—Ustedes
dos —dijo el otro agente de la policía—, preparen sus maletas y váyanse a vivir
a Montevideo. No nos joroben más.
Las
dos dijeron: —Muchas gracias.
Pero
Xavier no dijo nada. Nada había realmente que decir.
FIN
Amor sin pies ni cabeza
Laura Restrepo
Así no la podemos dejar
entrar, es el reglamento. Si quiere
visitar reclusas vuelva de falda ancha, zapato de tacón plano y sin media
pantalón. Tiene que traer un pañuelo
limpio. Visitas entre semana sólo hoy,
sólo mujeres y menores, de siete a diez de la mañana.
Trato de usar el carnet de periodista
para que me dejen pasar como estoy, de pantalones.
-Ya le dije, el reglamento es para
todas- dice una guardiana de la
Cárcel de Mujeres de El Buen Pastor.
En la calle sucia y sin tráfico que
lleva al penal, entre los kioscos de venta de cigarrillos, diarios y refrescos,
los hay también de alquiler de ropa usada.
Para las visitantes que no conocen el reglamento y no pueden volver hasta
su casa a cambiarse. De unos ganchos de
alambre cuelgan faldas anchas de varias tallas y zapatos de tacón plano para
todos los pies. Detrás de una cortina
improvisada hay un espacio para mudarse.
Entro y me pongo una falda que he escogido, que alguna vez debió ser
plisada y escocesa, y unas sandalias que me nadan de grandes pero que están
menos gastadas que las demás.
Otras mujeres, dos jóvenes y una vieja,
pasan por el mismo cuartito y también salen de allí como disfrazadas para
feria. Una de las dos jóvenes se mira el
ruedo de la falda que se acaba de poner, le pregunta a su amiga si no le queda
demasiado larga, y termina arremangándosela hasta que le da apenas por debajo
de la rodilla.
La miro sorprendida y admirada por ese
gesto de vanidad en circunstancias tan absurdas, pero ella ahora está absorta
en la elección de los zapatos. Le
consulta a su amiga, rechaza varios pares y al final opta por unas chanclas
chinas, de esas de tela negra, con pasador, como de muñeca de antes.
Camino
de nuevo hacia la puerta del penal, incómoda y pensando en la roña y las pulgas
que deben tener esa falda y esos zapatos.
Frente a la caseta de entrada hay una cola de mujeres y de niños y, al
final, una gorda embutida entre su uniforme azul, de voz ronca y alegre, es la
encargada de requisar a las visitantes en busca de droga, de armas, de no sé
qué más que no deba llegarle a las presas.
La requisa es sistemática y a fondo.
Es revulsiva, es mortificante.
La inspectora gorda usa guantes de
plástico y hace su trabajo sin asco. Sin
más mala leche o más dobles intenciones que quien cose colchas o limpia
persianas:
-Abra tantico las piernas, que ya casi
salimos de esto –ordena sin antipatía-.
Agáchese tantico que ya no la molesto más.
Los guantes de plástico no se los
cambia, sino que cuando va a tocar los genitales coloca sobre el guante de la
mano derecha el pañuelo que cada una de las visitantes le entrega.
Su trato amable y maternal no
disminuye el fastidio, las ganas de no estar allí, la vergüenza propia y ajena
por esa gente con cara de madrugón y aliento de no haber desayunado, que espera
en la cola a que la gorda les revuelva la ropa interior, les hurgue con sus
dedos enfundados en plástico los orificios, haga públicas sus celulitis, sus
llantas, várices, sus cicatrices de viejos golpes y sus cirugías mal
remendadas. Esas mujeres que para poder
ver a su familiar presa esperan con resignación y paciencia a que la gorda –sin
malicia, pero sin piedad- les ventile frente a las demás sus pequeñas miserias
tan meticulosamente ocultas con naguas, ruanas y sostenes hasta un segundo
antes del momento solitario y sin orgullo en que las desarropan y les meten
mano.
Siento vergüenza también por la pobre
gorda, apretada en su uniforme azul, con su pobre, sucio oficio de violar la
intimidad humana.
Se acerca mi turno. Delante de mí pasan dos niños que vienen a
visitar a su madre. Me indigno porque
también a ellos les quitan los sacos, les quitan los zapatos, los
chequean. Según se ve, la gorda ya los
conoce.
-Jairito, por qué no vino la semana
pasada –le dice al mayor.
El más pequeño se pone a llorar, ya me
toca el turno y el malestar se me vuelve náuseas.
Paso y recurro de nuevo al carnet de
periodista.
-Sólo vengo a entrevistar a una presa
–le digo a la gorda-, y además no traje pañuelo.
Esta vez el carnet
surte efecto y ella, canturreando, me requisa por encima y me deja pasar.
Los edificios interiores de El Buen Pastor
son de color gris ratón y tienen algunas ventanas, ciegas y enrejadas. Están dispuestos en torno a un enorme patio
de cemento que al centro tiene una imagen de Cristo tamaño natural, con tres
ovejas, todos cuatro pintados también de gris.
Alrededor del Cristo hay un surco de
tierra con flores cuidadas pero escasas, cultivadas por algún jardinero
meticuloso sin imaginación. Los
corredores y las salas de visita tienen la pulcritud desinfectada de un hospital. No hay muebles, no se ve gente, no se ve
mugre, no se oye ruido. Como un
hospital, frío y vacío.
Le pregunto a la guardiana por Emma, la
descuartizadora.
-Ah, sí –me dice-. Ya se hizo famosa la pobre.
Me pregunta si no quiero ver antes a una
de las trabajadoras sociales de la cárcel y le digo que bueno. Me lleva por el pasillo de las oficinas hasta
el escritorio de una mujer menuda, viejona, que pasaría desapercibida si no
fuera por una tumultuosa melena roja que le sale despedida, como una llamarada,
de la cabeza.
-Casi
todas las de homicidio, al que mataron fue al marido, o al novio –me dice la
señora de la feroz cabellera roja-. Casi siempre son mujeres que durante años
han aguantado las borracheras y las golpizas diarias de sus hombres. Están acostumbradas al sexo por las malas
todas las noches, a que les pateen el vientre, a que les rompan la cara, a
ellas y a sus hijos. Son mujeres que un
día se cansan de todo eso, y se defienden, responden. A algunas se les va la mano y el tipo
muere. Esas vienen a parar acá, y aquí
pasan el resto de su vida.
No le digo que no haya delincuentes y
asesinas. Sí las hay. Pero casi todas las de homicidio son como le
digo.
Interrumpe la guardiana para decirme que
Emma ya me está esperando en el Primer Patio.
-Va a ser difícil que le hable –me
advierte la señora pelirroja-. Menos
siendo usted periodista. Los primeros
días vino mucho reportero, y ella dio mucha declaración. Después todos los periódicos dijeron que era
un monstruo de crueldad, y a ella le dio por no hablar más.
En el centro del patio veo a Emma. Es muy joven, casi adolescente. Lleva puestas unas enormes gafas negras, los
labios pintados de rojo subido, rouge en las mejillas, unos jeans muy ceñidos y
una camiseta de manga corta, azul desteñida, de las que venden desteñidas a
propósito. Tiene el pelo rizado con
permanente y un peinado a la moda: arriba corto salvo el copete parado con gel,
las patillas rasuradas con navaja y lo de atrás largo, cayendo en guedejas
irregulares por la nuca hasta los hombros.
Sentada junto a las ovejas rígidas, Emma
está entregada a la tarea de comerse las uñas.
Cuando llego a su lado no voltea a mirarme: sigue comiéndose las uñas,
los padrastros, los pellejos, como si los disfrutara, como si supieran rico.
-¿Emma? –le digo-. ¿Emma?
Ni me contesta ni
levanta los ojos, que siguen fijos en sus dedos. Tomo la cámara fotográfica y empiezo a
retratarla. Inmediatamente reacciona, se
saca las gafas, se arregla el pelo con las manos. Empieza a posar. Imposta sonrisas para la cámara. Muestra unos dientes blancos, parejitos. Por fin me habla:
-Ay, no me saque así. Espérese me paso el cepillo. Encima de la mierda que hablan de mí, me
sacan fea, los hijuemadres...
-Bonito su corte de pelo –le digo.
-¿Cierto que sí? Antes era lisa como un aguacero, y tenía el
cabello por la cintura. Pero con este
bonche me tocó cambiarme el peinado, hacerme la permanente.
Entre foto y foto, y a regañadientes,
Emma va soltando su historia, incoherente, deshilvanada, sin pies ni cabeza.
-Ya no me pregunte nada. Mejor dicho no me jodan más, ¿sí? Mejor dicho para qué les explico, si al final
de cuentas van y escriben lo que les da la gana...
Tenía que cambiar de peinado porque
tenía que cambiar de vida, meterse con gente nueva, que los de antes no
supieran de ella. Si seguía lisa y
pelilarga la iban a reconocer. Tenía que
oscurecerse el pelo y rizárselo, hacerse un corte que la dejara distinta, como
si fuera otra. Feo no: otra.
Lo primero, antes que ir al salón de
belleza, fue huir del cuarto, escurrírsele a la pesadilla, echarle llave a la
puerta y no volver a entrar.
-¿Usted sí sabe a qué huele la sangre?
–pregunta Emma, mientras posa echando hacia atrás la cabeza, mostrando los
dientes bonitos, alborotándose el pelo-
Yo tampoco sabía, pero le juro que no se aguanta.
El olor no se iba ni con la bolsa
grande de Fab que compró, que restregó con cepillo contra el piso, los muebles,
las paredes.
-Al
principio eso era horrible, mejor dicho era el infierno, ¿sí? Pasé toda la noche como loca sin saber qué
hacer, con Isidro tirado con una cara que daba susto. Cada vez se ponía más morado y más
tieso. Hasta que me dije a mí misma: o
se pone las pilas o está muerte, hermana.
El cuarto no era feo, era un buen
vividero, tenía TV a color y equipo de sonido para elepés y casetes. Ella, Emma dice que lo mantenía limpio,
arreglado, todo en orden. Total, si
tenía todo el día para no hacer nada, sólo dormir a ratos, ver las telenovelas,
pintarse las uñas, arreglar la pieza para que quedara como una casita de
muñecas.
-Después de esa noche ya qué casita de
muñecas, mejor dicho un mierdero, y ese olor que no se me olvida.
Aguantando las náuseas, Emma metió cada
parte entre una bolsa de plástico, arrimó las bolsas contra la pared, y después
lo limpió todo con Fab. A la madrugada
se bañó, se cambió de ropa, puso cara normal, de buenos días, de aquí no pasó
nada. Salió a la calle, tomó varios
buses –de ida y de vuelta- y repartió las bolsas una por una, por todo el sur
de la ciudad. Un brazo para el San
Carlos, las tripas al barrio Venecia, unos órganos morados, oscuros, a Villa
Gloria, la cabeza a una zanja por los lados de Soacha, y así. Dos días enteros le tomó hacer toda la
distribución.
Después fue al salón de belleza, a ser
otra vez linda y alegre, a cerrar el cuarto para siempre y largarse lejos de
ahí.
-Pero tenía que platearme, ¿me
entiende? Mejor dicho que sin plata no
iba ni a la esquina.
Así que vendió el televisor, por lo
que le quisieron dar, y en eso se equivocó.
Por ahí le seguirían la pista, y la encontrarían tres meses después.
Pero esos tres meses los pasó
bien. Cada semana vivió en un barrio
distinto, cada noche durmió en un nuevo inquilinato, o en la casa de un amigo,
o con un conocido en algún amoblado de la carretera. Rodó por donde no la conocieran, donde la
gente que se cruzara por la calle con su cara bonita no se imaginara siquiera
la pálida que llevaba encima, no tuviera idea del olor de esa noche, no
adivinara los recuerdos que guardaba en su cabeza, debajo de su peinado Alf.
-Esos tres meses sí que los gocé –dice
Emma.
Gozó de la libertad, como lo hacía antes
de conocer a Isidro. Volvió a bailar
cuanto quiso, cada vez en un bar distinto.
Todas las noches estrenó discoteca.
No se alteraba, se divertía tranquila, porque los que la veían sacudir
su melena crespa no sabía que antes había sido lisa, que su peinado nuevo, tan
alegre, tan loco, no era sino el disfraz para esconder toda es sangre.
A las nueve en punto de la mañana suena
un timbre y salen otras presas al patio, para la media hora de descanso. Emma se retrae, se contrae, vuelve a
sentarse, huraña, y otra vez se come las uñas.
-Mire, no insista, ¿sí? No le voy a decir ni una palabra más.
Se encaja las gafas negras y se agacha,
se pliega sobre sí misma para que no la vean, para que no la señalen con el
dedo. Dentro de la cárcel también usa
las gafas oscuras cuando sale donde están las otras, aunque sea en la penumbra
de los corredores o del comedor.
Por las fotos que han salido en los
periódicos las reclusas la reconocen, los carceleros, las trabajadoras
sociales, los periodistas. Todos se la
tragan con los ojos, se cuchichean
cuando le pasan por el lado, quieren saber cómo fue que hizo aquello.
Como un avestruz, ella se esconde
detrás de sus gafas para que la dejen sola, para poner la cabeza en blanco y
poder repetir esa canción tan bonita de Amanda Miguel. Amanda Miguel con su voz ronca y a veces tan
alta, voz de quebrar vidrios, gritos de nena emberrinchada.
A Emma le suena nítida en el oído, como
si todavía tuviera el equipo de sonido y pudiera poner el elepé. Él me mintió, él me dijo que me amaba y no
era verdad, aúlla Amanda Miguel y Emma le admira cómo sacude la melena brava
cuando canta esa parte. La melena de
Amanda Miguel, que es larguísima pero enrulada, seguro que ella también se hace
la permanente.
-Yo soy muy romántica, me gusta la
música romántica,- les decía Emma, los
primeros días de presidio, a los reporteros que venían preguntarle cómo fue que
cortó, con qué golpeó, con qué desmembró.
Ella sueña, romántica, y su cabeza se
dispara a años luz de ese cuarto, a kilómetros espaciales de esa noche. Lo que ella quiere es un transistor para oír
canciones. Las de Radio Cordillera, que
son sus preferidas, las que se sabe de memoria.
Si tuviera el transistor podría esconderse en una esquina del patio y
desaparecer, volverse invisible, no pensar en nada, que nada sepa que ella está
ahí.
Pero no la dejan. Cuando su cabecita loca se olvida de todo se
lo vuelven a recordar. Una amiga le
trajo un recorte de periódico y ella lo leyó, lo escupió, lo arrugó, lo guardó
en el bolsillo y después lo tiró:
“Sin inmutarse, con pasmosa sangre fría,
Emma Vélez Mojica, una agraciada joven de 18 años, armada de un afilado
cuchillo, descuartizó a su amante, empacó en bolsas plásticas los pedazos y
diseminó sus restos por diferentes lugares de la ciudad”.
Con pasmosa sangre fría, dice la
prensa, y la sacan seria en las fotos, a ella que tanto le gusta salir
linda. Le dicen monstruo y asesina, a
ella que le gusta lucirse, dar de qué hablar, pero por coqueta y por simpática.
Le gusta exhibirse como hacía en las
discotecas, en los rumbeaderos, cuando aparecía algún tipo de buena pinta y se
quedaba mirándola. Ella se percataba
enseguida, se hacía la que no pero le notaba la cara de ganas, y lo deslumbraba
poniéndole ritmo a la salsa, a Richie Ray y su jala-jala. Con sus tacones ocho y medio, con su
minifalda, con su copete Alf: Emma salía a la mitad de la pista cuando tronaba
la salsa Caleña de sus favoritos, la de Fruko y sus Tesos.
Fruko, el salsero famoso que metieron
preso en Cali, se decía que por traficar, o por estafar, o tal vez por
injusticia. Ahora en la prisión, se
acuerda Emma de lo que cantaba Fruko: “Olvidado para siempre en esta horrible
celda, donde no llega la luz ni la voz de nadie”.
Ahora sí se fija en lo que dice la
letra, antes no, sólo bailaba la música, en sus ojos se reflejaban los focos
azules y los rojos, y sus dientes se veían blanquísimos cuando prendían la luz
negra. El recién llegado la miraba con
ganas y ella se olvidaba de su parejo, sólo se fijaba en el otro, siempre en
los otros, nunca le importaban los que estaban con ella.
Esos días de salsa y discoteca fueron
buenos, los mejores de su vida. Emma
bailó sin parar, vio cien Emmas en las bolas de espejos que giran colgadas del
techo, la neblina fría que sueltan por los hoyitos de la pista le refrescó las
piernas, los rayos láser le iluminaron el pelo.
Esos fueron sus días dorados, cuando
se desquitó de tantos años, de 14 años de aburrirse y no hacer nada en su
pueblo natal, en esa tierra de nadie que es Caquetá, Colombia. Porque su vida pasada era igual a la de
todas. Otra campesina más venida a la
gran ciudad; el cuento conocido que ya no conmueve. Ni siquiera a ella misma: en cada noche
bogotana de ron y discoteca, se le borraba un poco más de la memoria su niñez monótona y breve.
Se le había olvidado ya, por ejemplo,
la cara del tío materno que la violó chiquita, que le regaló caramelos para que
no contara y la siguió violando cada vez que la encontraba sola, hasta que la
dejó embarazada. La cara de ese tío se
le confunde en el recuerdo con la de tantos otros hombres que siguieron
después.
Tampoco se acuerda bien de la cara de
su hijo, Giovani. Trata de acordarse
pero quién sabe cómo será, ahora que creció.
Debe tener ya cinco años, y si Dios quiere sigue allá, en el pueblo, con
su madrina que es la que lo cría. Para
qué acordarse si es mejor así, que no llegue la luz ni la voz de nadie. Pero sonríe cuando cuenta que ella misma le
puso Giovani, un nombre italiano, distinto, no como Emma, que es tan común,
nombre de vieja.
De Isidro, el novio que mató, sí se
acuerda, aunque no quiera. Sobre todo de
su voz, que se le cuela en el cerebro aunque ella tararee las canciones de
Amanda Miguel. Aunque no quiere oye a
Isidro cuando la amenazaba esa noche, cuando le gritaba ya muy borracho, caído
de la perra:
-Ahora sí. Ahora sí es cuando nos matamos.
Isidro Sánchez, el novio de Emma, era
albañil y futbolista. Un hombre
robusto, grande. Un trabajador
calificado, enchapador, que ganaba bien y la llevó a compartir una pieza
decente, como la gente.
Le ofreció ponerle TV a color y equipo
de sonido y le cumplió; tal vez fue por eso que Emma se quedó a vivir con él,
aunque no le faltaron ofertas de otros.
Además, por qué no iba a vivir con él si al principio era buen novio.
-¿Y usted lo quería? –le pregunto.
-Pues, cómo le dijera, al principio
sí. Pero el tigre no era como lo
pintaban...
El tigre resultó distinto. Al principio era un príncipe, la invitaba al
cine. Cuando Emma se enfermó de una
pierna y no podían ir a bailar, la llevaba al fútbol con sus amigos. Era detallista, cuenta Emma, y romántico como
ella. Le gustaba que el cuarto estuviera
ordenado para quedarse por las noches viendo la tele, oyendo la radio.
Eso fue sólo al principio. Después empezó a tomar, a llegar tarde, cada
noche más tarde, y le dio por celarla, por insultarla.
-Usted se ve con hombres –le
gritaba-. Yo sé que aquí estuvo alguien.
Todas las noches los mismos gritos,
hasta que empezó a golpearla y a dejarla encerrada. –Usted de aquí no sale,
zorra, porque yo sé a qué es que sale.
Encerrada
todo el día, ella se aburría de tanta tele, y empezó a odiar el cuarto, a echar
de menos los amigos de antes.- Le hacían
falta las luces de la pista, el trago, las miradas de los extraños. Olvidados en un cajón tenía los tacones de
charol y la minifalda; para qué iba a ponérselos, si tenía que estarse sola.
Isidro llegaba borracho, gritaba por el
cuarto, la llevaba a la cama a los empujones, la desvestía de mala manera. No, el tigre no era como lo pintaba, y a la
larga la pieza ordenada también la aburría a muerte, como el pueblo del
Caquetá.
Una tarde, cuenta Emma, cansada de
tanto no hacer nada, se vistió con la minifalda, las medias de nylon, los
tacones altos, se maquilló bien, puso a Richie Ray en stereo y se entretuvo bailando
sola, entregada a la añoranza.
Isidro entró por sorpresa, estalló en
ira, quiso saber dónde estaba escondido el macho, para acabar con él. No lo encontró, y entonces resolvió acabar
con ella:
-Ahora sí nos matamos –le dijo.
-Yo
no le comí cuento –recuerda Emma-. Pensé
que era la escenita de siempre, hasta que él agarró un cuchillo y me tiró dos
lances. Me tiró a matar, a la garganta.
Ella sujetó la varilla de hierro con la
que trancaban por dentro la puerta. Él era
más grande y más fuerte pero estaba borracho.
Ella estaba lúcida y tenía adentro el rencor agrio de muchos meses.
-Si no acabo con él, él acaba conmigo
–dice Emma que pensó, y le dio con toda la rabia por la cabeza.
Parada sola en la cárcel de mujeres,
Emma pasa los días sin hablar con nadie, y tal vez ninguna trabajadora social
le ha contado que hay muchas otras que también fueron condenadas por matar al
novio. “Si no lo mato me mataba”, es la
historia de todas, el cuento repetido que ya no conmueve.
Pero el de ellas es peor, mucho peor,
porque ella cortó en pedazos “con pasmosa sangre fría”, ella descuartizó, ella
diseminó. Por eso la gente que habla de
ella recuerda otras historias tétricas, como la del japonés que guardó el cadáver
de la novia en el refrigerador y se la fue comiendo poco a poco, lonja a lonja.
Al final a Emma le fue mal, como a los
perros en misa. Primero esa noche de
pesadilla y las náuseas por el olor, después el cadáver y el agotamiento por
tanto trabajo sucio. Días más adelante
encontraron e identificaron la cabeza de Isidro, ya putrefacta, entre la zanja
de Soacha. Empezaron a buscarla a ella
porque los vecinos sabían que era su novia, y a la policía le quedó fácil
enterarse de que se había volado.
Localizaron el televisor que había vendido y por ahí le fueron siguiendo
la huella por bares y discotecas, hasta que la encontraron.
Ahora pasa las horas en la esquina
del patio de El Buen Pastor, con las gafas negras puestas y en la cabeza dándole
vueltas una sola voz, la de Amanda Miguel, él me mintió, él me dijo que me
amaba y no era verdad.
Esa canción tan romántica, tan bonita,
vuelve y vuelve y tapa la otra voz, todas las otras voces. Así Emma se siente mejor, está tranquila, está
casi bien. Aunque lástima de la salsa
que ya nunca más, lástima de haber perdido el jala-jala y los focos azules y la
luz negra, lástima de la tele y del equipo, lástima del pobre Fruko, del loco
Fruko, que está tan lejos en alguna otra celda, adonde no llega la luz ni la
voz de nadie.
-Al fin de cuentas todo eso ya para qué
–dice Emma, y no se compadece-. Yo lo
que quiero ahora es que me dejen sola, que no se metan conmigo, total, a quién
le importa y mi vida yo ya la viví.
El so cae tibio sobre el patio y yo
hace un rato me olvidé de la falda escocesa alquilada que traigo puesta y de
las chanclas que tengo en los pies, cien veces usadas por cien visitantes de
reclusas. Emma se estira al sol, autosuficiente
y complacida como una gata, y por un instante la veo guardar las uñas y sonreír
en paz.
De pronto siento que se rompió el
hielo. Me nace tutearla, y sé que no se
va a molestar al oír la pregunta que un rato antes no me hubiera atrevido a
hacerle:
-Decime una cosa Emma, y
por qué fue que lo cortaste...
-Eh, Ave María, cómo le
meten de misterio a eso, ¿no? –me responde sin tensión.
-Bueno, es que es raro.
-Ahora contestame vos a
mí, ¿vos sos rica?
-¿Cómo? –me sorprende
su pregunta.
-Que si sos rica.
-Pues ni rica ni pobre.
-Pero carro propio sí
tenés, no me lo vas a negar.
-Sí, carro sí tengo.
-Por eso no entendés
nada.
-¿Cómo?
-Supongamos el caso de
que es a vos a la que le cae la malparida hora y tenés que matar a tu man.
-Supongamos.
-Lo metés en el baúl de
tu carro, lo tirás bien lejos y santo remedio, ¿no?
-Tal vez.
-Bueno, mija, a mí me
tocaba en bus. ¿Entendés? ¿Qué hacés si te toca trastear al difunto en
bus? Pues te deshacés de él por pedazos,
uno en cada viaje, ¿sí o qué?
Una rosa para Emilia
William Faulkner
I
Cuando murió la señorita Emilia
Grierson, casi toda la ciudad asistió a su funeral; los hombres, con esa
especie de respetuosa devoción ante un monumento que desaparece; las mujeres,
en su mayoría, animadas de un sentimiento de curiosidad por ver por dentro la
casa en la que nadie había entrado en los últimos diez años, salvo un viejo
sirviente, que hacía de cocinero y jardinero a la vez.
La casa era una construcción
cuadrada, pesada, que había sido blanca en otro tiempo, decorada con cúpulas,
volutas, espirales y balcones en el pesado estilo del siglo XVII; asentada en
la calle principal de la ciudad en los tiempos en que se construyó, se había
visto invadida más tarde por garajes y fábricas de algodón, que habían llegado
incluso a borrar el recuerdo de los ilustres nombres del vecindario. Tan sólo
había quedado la casa de la señorita Emilia, levantando su permanente y coqueta
decadencia sobre los vagones de algodón y bombas de gasolina, ofendiendo la
vista, entre las demás cosas que también la ofendían. Y ahora la señorita
Emilia había ido a reunirse con los representantes de aquellos ilustres hombres
que descansaban en el sombreado cementerio, entre las alineadas y anónimas
tumbas de los soldados de la Unión, que habían caído en la batalla de
Jefferson.
Mientras vivía, la señorita Emilia
había sido para la ciudad una tradición, un deber y un cuidado, una especie de
heredada tradición, que databa del día en que el coronel Sartoris el Mayor
-autor del edicto que ordenaba que ninguna mujer negra podría salir a la calle
sin delantal-, la eximió de sus impuestos, dispensa que había comenzado cuando
murió su padre y que más tarde fue otorgada a perpetuidad. Y no es que la
señorita Emilia fuera capaz de aceptar una caridad. Pero el coronel Sartoris
inventó un cuento, diciendo que el padre de la señorita Emilia había hecho un
préstamo a la ciudad, y que la ciudad se valía de este medio para pagar la
deuda contraída. Sólo un hombre de la generación y del modo de ser del coronel
Sartoris hubiera sido capaz de inventar una excusa semejante, y sólo una mujer
como la señorita Emilia podría haber dado por buena esta historia.
Cuando la siguiente generación, con
ideas más modernas, maduró y llegó a ser directora de la ciudad, aquel arreglo
tropezó con algunas dificultades. Al comenzar el año enviaron a la señorita
Emilia por correo el recibo de la contribución, pero no obtuvieron respuesta.
Entonces le escribieron, citándola en el despacho del alguacil para un asunto
que le interesaba. Una semana más tarde el alcalde volvió a escribirle
ofreciéndole ir a visitarla, o enviarle su coche para que acudiera a la oficina
con comodidad, y recibió en respuesta una nota en papel de corte pasado de
moda, y tinta empalidecida, escrita con una floreada caligrafía, comunicándole
que no salía jamás de su casa. Así pues, la nota de la contribución fue
archivada sin más comentarios.
Convocaron, entonces, una junta de
regidores, y fue designada una delegación para que fuera a visitarla.
Allá fueron, en efecto, y llamaron a
la puerta, cuyo umbral nadie había traspasado desde que aquélla había dejado de
dar lecciones de pintura china, unos ocho o diez años antes. Fueron recibidos
por el viejo negro en un oscuro vestíbulo, del cual arrancaba una escalera que
subía en dirección a unas sombras aún más densas. Olía allí a polvo y a
cerrado, un olor pesado y húmedo. El vestíbulo estaba tapizado en cuero. Cuando
el negro descorrió las cortinas de una ventana, vieron que el cuero estaba
agrietado y cuando se sentaron, se levantó una nubecilla de polvo en torno a
sus muslos, que flotaba en ligeras motas, perceptibles en un rayo de sol que
entraba por la ventana. Sobre la chimenea había un retrato a lápiz, del padre
de la señorita Emilia, con un deslucido marco dorado.
Todos se pusieron en pie cuando la
señorita Emilia entró -una mujer pequeña, gruesa, vestida de negro, con una
pesada cadena en torno al cuello que le descendía hasta la cintura y que se
perdía en el cinturón-; debía de ser de pequeña estatura; quizá por eso, lo que
en otra mujer pudiera haber sido tan sólo gordura, en ella era obesidad.
Parecía abotagada, como un cuerpo que hubiera estado sumergido largo tiempo en
agua estancada. Sus ojos, perdidos en las abultadas arrugas de su faz, parecían
dos pequeñas piezas de carbón, prensadas entre masas de terrones, cuando
pasaban sus miradas de uno a otro de los visitantes, que le explicaban el
motivo de su visita.
No los hizo sentar; se detuvo en la
puerta y escuchó tranquilamente, hasta que el que hablaba terminó su
exposición. Pudieron oír entonces el tictac del reloj que pendía de su cadena,
oculto en el cinturón.
Su voz fue seca y fría.
-Yo no pago contribuciones en
Jefferson. El coronel Sartoris me eximió. Pueden ustedes dirigirse al
Ayuntamiento y allí les informarán a su satisfacción.
-De allí venimos; somos autoridades
del Ayuntamiento, ¿no ha recibido usted un comunicado del alguacil, firmado por
él?
-Sí, recibí un papel -contestó la
señorita Emilia-. Quizá él se considera alguacil. Yo no pago contribuciones en
Jefferson.
-Pero en los libros no aparecen datos
que indiquen una cosa semejante. Nosotros debemos…
-Vea al coronel Sartoris. Yo no pago
contribuciones en Jefferson.
-Pero, señorita Emilia…
-Vea al coronel Sartoris (el coronel
Sartoris había muerto hacía ya casi diez años.) Yo no pago contribuciones en
Jefferson. ¡Tobe! -exclamó llamando al negro-. Muestra la salida a estos
señores.
II
Así pues, la señorita Emilia venció a
los regidores que fueron a visitarla del mismo modo que treinta años antes
había vencido a los padres de los mismos regidores, en aquel asunto del olor.
Esto ocurrió dos años después de la muerte de su padre y poco después de que su
prometido -todos creímos que iba a casarse con ella- la hubiera abandonado.
Cuando murió su padre apenas si volvió a salir a la calle; después que su
prometido desapareció, casi dejó de vérsele en absoluto. Algunas señoras que
tuvieron el valor de ir a visitarla, no fueron recibidas; y la única muestra de
vida en aquella casa era el criado negro -un hombre joven a la sazón-, que
entraba y salía con la cesta del mercado al brazo.
“Como si un hombre -cualquier hombre-
fuera capaz de tener la cocina limpia”, comentaban las señoras, así que no les
extrañó cuando empezó a sentirse aquel olor; y esto constituyó otro motivo de
relación entre el bajo y prolífico pueblo y aquel otro mundo alto y poderoso de
los Grierson.
Una vecina de la señorita Emilia
acudió a dar una queja ante el alcalde y juez Stevens, anciano de ochenta años.
-¿Y qué quiere usted que yo haga?
-dijo el alcalde.
-¿Qué quiero que haga? Pues que le
envíe una orden para que lo remedie. ¿Es que no hay una ley?
-No creo que sea necesario -afirmó el
juez Stevens-. Será que el negro ha matado alguna culebra o alguna rata en el
jardín. Ya le hablaré acerca de ello.
Al día siguiente, recibió dos quejas
más, una de ellas partió de un hombre que le rogó cortésmente:
-Tenemos que hacer algo, señor juez;
por nada del mundo querría yo molestar a la señorita Emilia; pero hay que hacer
algo.
Por la noche, el tribunal de los
regidores -tres hombres que peinaban canas, y otro algo más joven- se encontró
con un hombre de la joven generación, al que hablaron del asunto.
-Es muy sencillo -afirmó éste-.
Ordenen a la señorita Emilia que limpie el jardín, denle algunos días para que
lo lleve a cabo y si no lo hace…
-Por favor, señor -exclamó el juez
Stevens-. ¿Va usted a acusar a la señorita Emilia de que huele mal?
Al día siguiente por la noche,
después de las doce, cuatro hombres cruzaron el césped de la finca de la
señorita Emilia y se deslizaron alrededor de la casa, como ladrones nocturnos,
husmeando los fundamentos del edificio, construidos con ladrillo, y las
ventanas que daban al sótano, mientras uno de ellos hacía un acompasado
movimiento, como si estuviera sembrando, metiendo y sacando la mano de un saco
que pendía de su hombro. Abrieron la puerta de la bodega, y allí esparcieron
cal, y también en las construcciones anejas a la casa. Cuando hubieron
terminado y emprendían el regreso, detrás de una iluminada ventana que al
llegar ellos estaba oscura, vieron sentada a la señorita Emilia, rígida e
inmóvil como un ídolo. Cruzaron lentamente el prado y llegaron a los algarrobos
que se alineaban a lo largo de la calle. Una semana o dos más tarde, aquel olor
había desaparecido.
Así fue cómo el pueblo empezó a
sentir verdadera compasión por ella. Todos en la ciudad recordaban que su
anciana tía, lady Wyatt, había acabado completamente loca, y creían que los
Grierson se tenían en más de lo que realmente eran. Ninguno de nuestros jóvenes
casaderos era bastante bueno para la señorita Emilia. Nos habíamos acostumbrado
a representarnos a ella y a su padre como un cuadro. Al fondo, la esbelta
figura de la señorita Emilia, vestida de blanco; en primer término, su padre,
dándole la espalda, con un látigo en la mano, y los dos, enmarcados por la
puerta de entrada a su mansión. Y así, cuando ella llegó a sus 30 años en estado
de soltería, no sólo nos sentíamos contentos por ello, sino que hasta
experimentamos como un sentimiento de venganza. A pesar de la tara de la locura
en su familia, no hubieran faltado a la señorita Emilia ocasiones de
matrimonio, si hubiera querido aprovecharlas..
Cuando murió su padre, se supo que a
su hija sólo le quedaba en propiedad la casa, y en cierto modo esto alegró a la
gente; al fin podían compadecer a la señorita Emilia. Ahora que se había
quedado sola y empobrecida, sin duda se humanizaría; ahora aprendería a conocer
los temblores y la desesperación de tener un céntimo de más o de menos.
Al día siguiente de la muerte de su
padre, las señoras fueron a la casa a visitar a la señorita Emilia y darle el
pésame, como es costumbre. Ella, vestida como siempre, y sin muestra ninguna de
pena en el rostro, las puso en la puerta, diciéndoles que su padre no estaba
muerto. En esta actitud se mantuvo tres días, visitándola los ministros de la
Iglesia y tratando los doctores de persuadirla de que los dejara entrar para
disponer del cuerpo del difunto. Cuando ya estaban dispuestos a valerse de la
fuerza y de la ley, la señorita Emilia rompió en sollozos y entonces se
apresuraron a enterrar al padre.
No decimos que entonces estuviera
loca. Creímos que no tuvo más remedio que hacer esto. Recordando a todos los
jóvenes que su padre había desechado, y sabiendo que no le había quedado
ninguna fortuna, la gente pensaba que ahora no tendría más remedio que
agarrarse a los mismos que en otro tiempo había despreciado.
III
La señorita Emilia estuvo enferma
mucho tiempo. Cuando la volvimos a ver, llevaba el cabello corto, lo que la
hacía aparecer más joven que una muchacha, con una vaga semejanza con esos
ángeles que figuran en los vidrios de colores de las iglesias, de expresión a
la vez trágica y serena…
Por entonces justamente la ciudad
acababa de firmar los contratos para pavimentar las calles, y en el verano
siguiente a la muerte de su padre empezaron los trabajos. La compañía
constructora vino con negros, mulas y maquinaria, y al frente de todo ello, un
capataz, Homer Barron, un yanqui blanco de piel oscura, grueso, activo, con
gruesa voz y ojos más claros que su rostro. Los muchachillos de la ciudad
solían seguirlo en grupos, por el gusto de verlo renegar de los negros, y oír a
éstos cantar, mientras alzaban y dejaban caer el pico. Homer Barren conoció en
seguida a todos los vecinos de la ciudad. Dondequiera que, en un grupo de
gente, se oyera reír a carcajadas se podría asegurar, sin temor a equivocarse,
que Homer Barron estaba en el centro de la reunión. Al poco tiempo empezamos a
verlo acompañando a la señorita Emilia en las tardes del domingo, paseando en
la calesa de ruedas amarillas o en un par de caballos bayos de alquiler…
Al principio todos nos sentimos alegres
de que la señorita Emilia tuviera un interés en la vida, aunque todas las
señoras decían: “Una Grierson no podía pensar seriamente en unirse a un hombre
del Norte, y capataz por añadidura.” Había otros, y éstos eran los más viejos,
que afirmaban que ninguna pena, por grande que fuera, podría hacer olvidar a
una verdadera señora aquello de noblesse oblige -claro que sin
decir noblesse oblige– y exclamaban:
“¡Pobre Emilia! ¡Ya podían venir sus
parientes a acompañarla!”, pues la señorita Emilia tenía familiares en Alabama,
aunque ya hacía muchos años que su padre se había enemistado con ellos, a causa
de la vieja lady Wyatt, aquella que se volvió loca, y desde entonces se había
roto toda relación entre ellos, de tal modo que ni siquiera habían venido al funeral.
Pero lo mismo que la gente empezó a
exclamar: “¡Pobre Emilia!”, ahora empezó a cuchichear: “Pero ¿tú crees que se
trata de…?” “¡Pues claro que sí! ¿Qué va a ser, si no?”, y para hablar de ello,
ponían sus manos cerca de la boca. Y cuando los domingos por la tarde, desde
detrás de las ventanas entornadas para evitar la entrada excesiva del sol, oían
el vivo y ligero clop, clop, clop, de los bayos en que la pareja iba de paseo,
podía oírse a las señoras exclamar una vez más, entre un rumor de sedas y satenes:
“¡Pobre Emilia!”
Por lo demás, la señorita Emilia
seguía llevando la cabeza alta, aunque todos creíamos que había motivos para
que la llevara humillada. Parecía como si, más que nunca, reclamara el
reconocimiento de su dignidad como última representante de los Grierson; como
si tuviera necesidad de este contacto con lo terreno para reafirmarse a sí
misma en su impenetrabilidad. Del mismo modo se comportó cuando adquirió el
arsénico, el veneno para las ratas; esto ocurrió un año más tarde de cuando se
empezó a decir: “¡Pobre Emilia!”, y mientras sus dos primas vinieron a
visitarla.
-Necesito un veneno -dijo al
droguero. Tenía entonces algo más de los 30 años y era aún una mujer esbelta,
aunque algo más delgada de lo usual, con ojos fríos y altaneros brillando en un
rostro del cual la carne parecía haber sido estirada en las sienes y en las
cuencas de los ojos; como debe parecer el rostro del que se halla al pie de una
farola.
-Necesito un veneno -dijo.
-¿Cuál quiere, señorita Emilia? ¿Es
para las ratas? Yo le recom…
-Quiero el más fuerte que tenga
-interrumpió-. No importa la clase.
El droguero le enumeró varios.
-Pueden matar hasta un elefante. Pero
¿qué es lo que usted desea. . .?
-Quiero arsénico. ¿Es bueno?
-¿Que si es bueno el arsénico? Sí,
señora. Pero ¿qué es lo que desea…?
-Quiero arsénico.
El droguero la miró de abajo arriba.
Ella le sostuvo la mirada de arriba abajo, rígida, con la faz tensa.
-¡Sí, claro -respondió el hombre-; si
así lo desea! Pero la ley ordena que hay que decir para qué se va a emplear.
La señorita Emilia continuaba
mirándolo, ahora con la cabeza levantada, fijando sus ojos en los ojos del
droguero, hasta que éste desvió su mirada, fue a buscar el arsénico y se lo
empaquetó. El muchacho negro se hizo cargo del paquete. E1 droguero se metió en
la trastienda y no volvió a salir. Cuando la señorita Emilia abrió el paquete
en su casa, vio que en la caja, bajo una calavera y unos huesos, estaba
escrito: “Para las ratas”.
IV
Al día siguiente, todos nos
preguntábamos: “¿Se irá a suicidar?” y pensábamos que era lo mejor que podía
hacer. Cuando empezamos a verla con Homer Barron, pensamos: “Se casará con él”.
Más tarde dijimos: “Quizás ella le convenga aún”, pues Homer, que frecuentaba
el trato de los hombres y se sabía que bebía bastante, había dicho en el Club
Elks que él no era un hombre de los que se casan. Y repetimos una vez más:
“¡Pobre Emilia!” desde atrás de las vidrieras, cuando aquella tarde de domingo
los vimos pasar en la calesa, la señorita Emilia con la cabeza erguida y Homer
Barron con su sombrero de copa, un cigarro entre los dientes y las riendas y el
látigo en las manos cubiertas con guantes amarillos….
Fue entonces cuando las señoras
empezaron a decir que aquello constituía una desgracia para la ciudad y un mal
ejemplo para la juventud. Los hombres no quisieron tomar parte en aquel asunto,
pero al fin las damas convencieron al ministro de los bautistas -la señorita
Emilia pertenecía a la Iglesia Episcopal- de que fuera a visitarla. Nunca se
supo lo que ocurrió en aquella entrevista; pero en adelante el clérigo no quiso
volver a oír nada acerca de una nueva visita. El domingo que siguió a la visita
del ministro, la pareja cabalgó de nuevo por las calles, y al día siguiente la
esposa del ministro escribió a los parientes que la señorita Emilia tenía en
Alabama….
De este modo, tuvo a sus parientes
bajo su techo y todos nos pusimos a observar lo que pudiera ocurrir. Al
principio no ocurrió nada, y empezamos a creer que al fin iban a casarse.
Supimos que la señorita Emilia había estado en casa del joyero y había
encargado un juego de tocador para hombre, en plata, con las iniciales H.B. Dos
días más tarde nos enteramos de que había encargado un equipo completo de
trajes de hombre, incluyendo la camisa de noche, y nos dijimos: “Van a casarse”
y nos sentíamos realmente contentos. Y nos alegrábamos más aún, porque las dos
parientas que la señorita Emilia tenía en casa eran todavía más Grierson de lo
que la señorita Emilia había sido….
Así pues, no nos sorprendimos mucho cuando
Homer Barron se fue, pues la pavimentación de las calles ya se había terminado
hacía tiempo. Nos sentimos, en verdad, algo desilusionados de que no hubiera
habido una notificación pública; pero creímos que iba a arreglar sus asuntos, o
que quizá trataba de facilitarle a ella el que pudiera verse libre de sus
primas. (Por este tiempo, hubo una verdadera intriga y todos fuimos aliados de
la señorita Emilia para ayudarla a desembarazarse de sus primas). En efecto,
pasada una semana, se fueron y, como esperábamos, tres días después volvió
Homer Barron. Un vecino vio al negro abrirle la puerta de la cocina, en un
oscuro atardecer….
Y ésta fue la última vez que vimos a
Homer Barron. También dejamos de ver a la señorita Emilia por algún tiempo. El
negro salía y entraba con la cesta de ir al mercado; pero la puerta de la
entrada principal permanecía cerrada. De vez en cuando podíamos verla en la
ventana, como aquella noche en que algunos hombres esparcieron la cal; pero
casi por espacio de seis meses no fue vista por las calles. Todos comprendimos
entonces que esto era de esperar, como si aquella condición de su padre, que
había arruinado la vida de su mujer durante tanto tiempo, hubiera sido
demasiado virulenta y furiosa para morir con él….
Cuando vimos de nuevo a la señorita
Emilia había engordado y su cabello empezaba a ponerse gris. En pocos años este
gris se fue acentuando, hasta adquirir el matiz del plomo. Cuando murió, a los
74 años, tenía aún el cabello de un intenso gris plomizo, y tan vigoroso como el
de un hombre joven….
Todos estos años la puerta principal
permaneció cerrada, excepto por espacio de unos seis o siete, cuando ella
andaba por los 40, en los cuales dio lecciones de pintura china. Había
dispuesto un estudio en una de las habitaciones del piso bajo, al cual iban las
hijas y nietas de los contemporáneos del coronel Sartoris, con la misma
regularidad y aproximadamente con el mismo espíritu con que iban a la iglesia
los domingos, con una pieza de ciento veinticinco para la colecta.
Entretanto, se le había dispensado de
pagar las contribuciones.
Cuando la generación siguiente se
ocupó de los destinos de la ciudad, las discípulas de pintura, al crecer,
dejaron de asistir a las clases, y ya no enviaron a sus hijas con sus cajas de
pintura y sus pinceles, a que la señorita Emilia les enseñara a pintar según
las manidas imágenes representadas en las revistas para señoras. La puerta de
la casa se cerró de nuevo y así permaneció en adelante. Cuando la ciudad tuvo
servicio postal, la señorita Emilia fue la única que se negó a permitirles que
colocasen encima de su puerta los números metálicos, y que colgasen de la misma
un buzón. No quería ni oír hablar de ello.
Día tras día, año tras año, veíamos
al negro ir y venir al mercado, cada vez más canoso y encorvado. Cada año, en el
mes de diciembre, le enviábamos a la señorita Emilia el recibo de la
contribución, que nos era devuelto, una semana más tarde, en el mismo sobre,
sin abrir. Alguna vez la veíamos en una de las habitaciones del piso bajo
-evidentemente había cerrado el piso alto de la casa- semejante al torso de un
ídolo en su nicho, dándose cuenta, o no dándose cuenta, de nuestra presencia;
eso nadie podía decirlo. Y de este modo la señorita Emilia pasó de una a otra
generación, respetada, inasequible, impenetrable, tranquila y perversa.
Y así murió. Cayo enferma en aquella
casa, envuelta en polvo y sombras, teniendo para cuidar de ella solamente a
aquel negro torpón. Ni siquiera supimos que estaba enferma, pues hacía ya
tiempo que habíamos renunciado a obtener alguna información del negro.
Probablemente este hombre no hablaba nunca, ni aun con su ama, pues su voz era
ruda y áspera, como si la tuviera en desuso.
Murió en una habitación del piso
bajo, en una sólida cama de nogal, con cortinas, con la cabeza apoyada en una almohada
amarilla, empalidecida por el paso del tiempo y la falta de sol.
V
El negro recibió en la puerta
principal a las primeras señoras que llegaron a la casa, las dejó entrar
curioseándolo todo y hablando en voz baja, y desapareció. Atravesó la casa, salió
por la puerta trasera y no se volvió a ver más. Las dos primas de la señorita
Emilia llegaron inmediatamente, dispusieron el funeral para el día siguiente, y
allá fue la ciudad entera a contemplar a la señorita Emilia yaciendo bajo
montones de flores, y con el retrato a lápiz de su padre colocado sobre el
ataúd, acompañada por las dos damas sibilantes y macabras. En el balcón estaban
los hombres, y algunos de ellos, los más viejos, vestidos con su cepillado
uniforme de confederados; hablaban de ella como si hubiera sido contemporánea
suya, como si la hubieran cortejado y hubieran bailado con ella, confundiendo
el tiempo en su matemática progresión, como suelen hacerlo las personas
ancianas, para quienes el pasado no es un camino que se aleja, sino una vasta
pradera a la que el invierno no hace variar, y separado de los tiempos actuales
por la estrecha unión de los últimos diez años.
Sabíamos ya todos que en el piso
superior había una habitación que nadie había visto en los últimos cuarenta
años y cuya puerta tenía que ser forzada. No obstante esperaron, para abrirla,
a que la señorita Emilia descansara en su tumba.
Al echar abajo la puerta, la
habitación se llenó de una gran cantidad de polvo, que pareció invadirlo todo.
En esta habitación, preparada y adornada como para una boda, por doquiera
parecía sentirse como una tenue y acre atmósfera de tumba: sobre las cortinas,
de un marchito color de rosa; sobre las pantallas, también rosadas, situadas
sobre la mesa-tocador; sobre la araña de cristal; sobre los objetos de tocador
para hombre, en plata tan oxidada que apenas se distinguía el monograma con que
estaban marcados. Entre estos objetos aparecía un cuello y una corbata, como si
se hubieran acabado de quitar y así, abandonados sobre el tocador, resplandecían
con una pálida blancura en medio del polvo que lo llenaba todo. En una silla
estaba un traje de hombre, cuidadosamente doblado; al pie de la silla, los
calcetines y los zapatos.
El hombre yacía en la cama.
Por un largo tiempo nos detuvimos a
la puerta, mirando asombrados aquella apariencia misteriosa y descarnada. El
cuerpo había quedado en la actitud de abrazar; pero ahora el largo sueño que
dura más que el amor, que vence al gesto del amor, lo había aniquilado. Lo que
quedaba de él, pudriéndose bajo lo que había sido camisa de dormir, se había
convertido en algo inseparable de la cama en que yacía. Sobre él, y sobre la
almohada que estaba a su lado, se extendía la misma capa de denso y tenaz
polvo.
Entonces nos dimos cuenta de que
aquella segunda almohada ofrecía la depresión dejada por otra cabeza. Uno de
los que allí estábamos levantó algo que había sobre ella e inclinándonos hacia
delante, mientras se metía en nuestras narices aquel débil e invisible polvo
seco y acre, vimos una larga hebra de cabello gris.