Se narra la vida, no la muerte
Resumen
En este ensayo crítico se analizan tres aspectos que corresponden a la estética
de la novela Paula, escrita por
Isabel Allende, a saber: el elemento autobiográfico, la metaficción y la
narración en primera persona. Es esta
una obra autobiográfica puesto que dentro de ella se encuentran datos reales
que incluyen fragmentos de la vida de Isabel Allende, pero también de la
historia y la cultura chilena que de alguna manera marcaron el rumbo del
destino de la autora. Sin embargo, según
el epígrafe que sirve para introducir este texto, hay algo de imaginación en el
relato y por eso mismo la historia es una ficción soportada sobre el pilar de
la creación literaria, el lenguaje. En
cuanto a la metaficción, la narradora ofrece reflexiones constantes sobre la
creación de las obras de Isabel Allende, sobre el hecho mismo de escribir y el
origen de muchos de sus cuentos y novelas.
Finalmente, en cuanto al narrador en primera persona, este se erige como
expresión de un yo interior que recuerda, pero que también expresa un presente
angustioso frente a un hecho tan desgarrador como lo es la muerte de una hija,
la muerte de Paula.
Palabras clave: autobiografía, metaficción, narrador, narratario,
ficción.

Paula con Isabel Allende
"Me has dado silencio para examinar mi paso por este
mundo, Paula, para retornar al pasado verdadero y al pasado fantástico, recuperar
las memorias que otros han olvidado, recordar lo que nunca sucedió y lo que tal
vez sucederá”
Isabel Allende (1994)
Uno de los temas trascendentales
de la existencia humana, abordado por la literatura de todos los tiempos, es el
de la muerte. Incontables son las obras
en las que esta es protagonista o sirve de pretexto para contar una historia,
reflexionar sobre el sentido de la vida, sobre la eternidad… En las obras
narrativas, algunas veces la historia gira en torno a la muerte de una persona
cercana del, o de la protagonista, o de un desconocido, aunque hay otras en las
que el difunto narra la muerte de sí mismo, como en Memorias póstumas de Bras Cubas, escrita por el brasileño J. M.
Machado de Assis (2001):
Durante un tiempo dudé si
debía abrir estas memorias por el principio o por el fin, esto es, si pondría
como inicio mi nacimiento o mi muerte.
Aceptando que lo normal es comenzar por el nacimiento, dos razones me
llevaron a adoptar otro método: la primera es que no soy propiamente un autor
difunto, sino un difunto autor, para quien la fosa fue una nueva cuna; la
segunda es que el escrito quedaría así más galano y novedoso. (p. 13)
Sin embargo, es evidente el
hecho de que aunque existan muchas obras en las que se narre la muerte de
alguien, no todas las historias están escritas de la misma manera. La diferencia en los modos de narrar hace que
cada historia sea única, así el tema que plantea sea el mismo. Los autores disponen sobre el tejido
narrativo los recursos del lenguaje y de la literatura para desplegar el
universo creado en su imaginación y contar, desde su visión de mundo, una
historia sobre una cuestión cualquiera, así esta haya sido asumida una y otra
vez por la ficción en sus distintos géneros.
En la novela Paula, de Isabel Allende, una madre
narra la muerte de su hija y la creación de la historia está mediada por la
fusión de varios elementos y formas narrativas, por el manejo de herramientas y
técnicas del lenguaje literario que van generando la sensación de angustia e
impotencia de la madre protagonista (y con ella, del lector) frente a una situación
tan dolorosa como es la muerte. Así, se
resalta la existencia de algunos aspectos puntuales que hacen parte de la
estética de esta novela: el elemento autobiográfico que la atraviesa de
principio a fin, la metaficción y la narración en primera persona (narrador
protagonista). Alrededor de estos
factores se construye el acercamiento crítico a la obra, empezando por una
mirada a su contenido para comprender mejor las circunstancias que rodearon los
hechos sobre los cuales se entreteje la historia.
En Paula, el título de la novela es el mismo nombre de la hija de veintiocho
años de una mujer (Isabel, la narradora), a quien llaman un día de diciembre de
1991 para avisarle que su hija acaba de ser internada en un hospital de Madrid,
España. El diagnóstico de la enfermedad
que sufre es Porfiria[1]. En el hospital entra en un coma que termina
en diciembre de 1992, con su muerte, en California, Estados Unidos. Durante este año, la narradora-madre no se
separa del lecho de la enferma y mientras tanto escribe esta especie de
autobiografía que termina siendo la novela, en la que se alternan el pasado de
la familia Allende, la evolución de la enfermedad y el deterioro físico de
Paula.
Son varias las líneas
argumentales que atraviesan la novela: la saga familiar, los años de la
historia de Chile enmarcados en un antes, durante y después de Pinochet; la
vida personal de la narradora y algunos hechos importantes que marcan la
existencia de Paula. Contrario a lo que
pueda pensar el lector, el hilo conductor de la historia, el que le da orden al
relato no es el hecho de la enfermedad de Paula, porque la novela no se centra
en ella, sino en la vida de Isabel, en su afán de narrar el pasado de la
familia para que cuando despierte conserve la memoria de su vida antes
del coma.
Es preciso aclarar que sí
hay un acontecimiento central dentro de la historia, acogiendo la definición
que de este entrega Mike Bal: “Se ha definido a los acontecimientos como
procesos. Un proceso es un cambio, una
evolución, y presupone, por tanto, una sucesión
en el tiempo o una cronología”[2] (1995, p. 45). Por tanto, la enfermedad de Paula se
considera aquí como el acontecimiento que induce a desplegar los múltiples
fragmentos de la vida de la narradora, puesto que en ese tiempo presente en que
la madre deja de recordar y se ubica al lado de la cama de Paula, se va
describiendo el proceso de deterioro físico que sufre esta desde que ingresó al
hospital de Madrid. Durante ese año,
hasta el día de su muerte, Isabel le va contando al lector, el estado de su
hija, los avances y retrocesos de la enfermedad y en lo que la va convirtiendo
la porfiria.
“Es muy difícil escribir
estas páginas, Paula, recorrer de nuevo las etapas de este doloroso viaje,
precisar los detalles, imaginar cómo habría sido si hubieras caído en mejores
manos, si no te hubieran aturdido con drogas, si…” (p. 30). Estas palabras de la narradora, empezando la
historia, marcan el tiempo del relato: pretérito, aunque a través de sus
páginas la narración al lado de la cama de Paula sugiera un tiempo presente que
se alterna con el pasado de Isabel.
Aunque no resulta
pertinente profundizar en el tema porque no es el que ocupa la intención de
este acercamiento crítico, sí se considera importante aclarar que en Paula se conjugan dos narratarios: la
misma Paula para quien Isabel escribe la historia y a quien se dirige
directamente, en muchas ocasiones, dentro de la novela; y el lector imaginario
que escucha a Isabel narrar la historia de su vida, el que lee la novela y
deconstruye su sentido de acuerdo con su propia perspectiva. El lector que acompaña a la narradora junto
al lecho de su hija.
Por otra parte, en palabras
de Mieke Bal (1995, p. 148), la novela se enmarca dentro de lo que considera textos narrativos intercalados, puesto
que hay una historia marco: “textos
narrativos en los que se cuenta una historia completa en el segundo o tercer
nivel”, que en este caso sería la referente a la enfermedad de Paula desde que
se conoce que ha heredado esa condición hasta su muerte. Y dentro de esa historia marco se intercalan
otras historias, o sea, los fragmentos de vida de los personajes que rodean la
vida de Isabel, e incluso la historia de Chile en la época en que empieza a
vislumbrarse la participación de Salvador Allende en la vida política del país,
su gobierno socialista hasta el golpe militar que sube a Augusto Pinochet al
poder y su posterior derrota en las urnas, muchos años después.
Paula es, entonces, el pretexto
para escribir esta historia, y el lector la conoce a través de la voz de la
narradora-madre-protagonista-escritora: Paula nació un 23 de octubre de
1963. Estudió sicología y
sexualidad. Trabajaba cuarenta horas a
la semana, como voluntaria, en un colegio de monjas, ayudando a niños de
escasos recursos. La ropa que encuentra
la madre en el clóset habla de la austeridad con que vivía: “Tu casa es de una
sencillez monacal y en tu escuálido ropero solo cuelgan cuatro blusas y dos
pantalones.” (p. 19)
Hacía poco más de un año se
había casado en Caracas con Ernesto, un hombre que la amó sin condiciones, que
expresa, a través de la voz narrativa el intenso dolor que lo embarga: “Sin
Paula nada tiene sentido, nada vale la pena, desde que ella cerró los ojos se
fue la luz del mundo –dice-. Dios no
puede arrebatármela ¿para qué nos juntó entonces? ¡Tenemos tanta vida para
compartir todavía!...” (p. 95).
Casi al final de la novela,
la narradora cuenta cómo adquirió Paula la enfermedad:
Volvió a desmayarse con
alguna frecuencia (Michel, el papá de Paula) y todos acabamos por
acostumbrarnos. No habíamos oído la
palabra porfiria y nadie atribuyó sus síntomas a ese raro desorden del
metabolismo, pasarían tres años antes que una sobrina cayera enferma y después
de meses de exhaustivos análisis los médicos de una clínica norteamericana
diagnosticaran la enfermedad; la familia completa debió examinarse y así
descubrimos que Michael, Paula y Nicolás padecen esa condición. (p. 309)
Se describe a Paula, además,
como una mujer generosa que trabajaba en voluntariados en los barrios
marginales; poseedora de una claridad de pensamiento que la induce a realizar
hasta las acciones más cotidianas con asombrosa habilidad. Y esa madre que narra descubre a una hija
amorosa, protectora y compasiva con el mundo que la rodea, con las personas que
sufren el despojo material y espiritual.
Estos aspectos de la personalidad de Paula se evidencian en la carta que
escribió a su madre, cualquier día, cuando presintió que la enfermedad podía
ganarle la partida: “No quiero permanecer atrapada en mi cuerpo. Liberada de él podré acompañar de más cerca a
los que amo, [...] Tengo una cuenta de ahorros, úsenla para becar niños que
necesiten educarse o comer.” (p. 355)
Ahora bien, considerando el
primer elemento de análisis y como a través de la lectura de la obra llama
poderosamente la atención el aspecto autobiográfico, resulta pertinente aclarar
que este trabajo crítico asume que el autor se enmascara en un narrador, o
narradora, a quien le da voz para que cuente unos hechos que, aunque hayan
sucedido realmente, al ser llevados a la literatura se convierten en ficción:
Un texto narrativo es una
historia que se cuenta con lenguaje; esto es, que se convierte en signos lingüísticos
[…] estos signos los emite un agente que relata. El agente no es el escritor. Por el contrario, el escritor se distancia y
se apoya en un portavoz ficticio, un agente al que se denomina técnicamente
narrador. (Bal, 1995, p. 15)
Pese a lo anterior, resulta
difícil evadir la relación directa entre autora y narradora porque la misma
Isabel Allende se encarga de recordárselo al lector constantemente, no solo
mostrándose como la protagonista de los hechos que recuerda, sino como la
autora de varias de sus obras publicadas hasta el momento. Carlos Fuentes dice al respecto: “El yo
autoral, que es el yo personaje, se unen (se funden, solidarizan) en el
narrador, que es autor-más-los-personajes” (2011, p. 411). De este modo, en Paula, el lector sabe que la narradora es la misma Isabel Allende
por la cantidad de referencias que, en este sentido, aparece en toda la obra,
como en el siguiente diálogo con Ildemaro, médico amigo, quien viaja a Madrid y
evalúa el estado de salud de Paula:
- ¿Cómo ves a Paula?
- Muy mal…
- La porfiria es así. Me aseguran
que se recuperará por completo.
- Te quiero demasiado para mentirte, Isabel (p. 91)
“Y redactaba otro humillante papel en el cual
quedaba certificado que yo, Isabel
Allende Llona, de catorce años, ciudadana chilena…” (p. 79) “Ésta soy yo, soy una mujer, tengo un nombre,
me llamo Isabel...” (p. 126)
En diferentes partes del
texto Isabel Allende narra en primera persona y la voz de sí misma unida a la de
varios de los personajes le dicen al lector que quien habla es la escritora
narradora; es ella además la protagonista central de los hechos y de las
acciones que componen el tejido narrativo con que se construye la novela, y lo
que cuenta pertenece a su historia personal, íntima: “Escribo buscando una
señal, esperando que Paula rompa su implacable silencio y me conteste sin voz
en estas hojas amarillas, o tal vez lo hago sólo para sobreponerme al espanto y
fijar las imágenes fugaces de la mala memoria.” (pp. 262-263)
Asimismo, el epígrafe de la
novela, los comentarios, reflexiones y posturas sobre la narrativa y el arte de
escribir historias generan en el lector una confusión en cuanto a la necesidad
de separar al autor de la obra, a asumir que quien narra no es este sino el
personaje a quien le dio voz para que contara lo que la escritora, en este caso,
deseaba dar a conocer:
En diciembre de 1991 mi
hija Paula cayó enferma de gravedad y poco después entró en coma. Estas páginas fueron escritas durante horas
interminables en los pasillos de un hospital de Madrid y en un cuarto de hotel,
donde viví varios meses. También junto a
su cama, en nuestra casa de California, en el verano y el otoño de 1992. (p. 7)
La biografía de Isabel
Allende permite constatar la existencia y la muerte de su hija Paula, lo mismo
que muchos otros datos que corresponden a la realidad, como que Tomás Allende,
primo de Salvador Allende (el presidente chileno cuyo posible suicidio registra
la historia después del golpe militar de Augusto Pinochet), es el padre de
Isabel, la narradora de la historia.
Los datos están ahí,
biográficos, exactos, lúgubres, pero el marco novelesco los reduce (o eleva) a
testimonios de una realidad atroz, en tanto que la misma realidad es cercada (y
revelada) por la imaginación narrativa, que se propone, a su vez como parte de
una realidad más ancha, que incluye a la realidad de la invención literaria.
(Fuentes, 2011, p. 287)
Dentro de la autobiografía,
la saga familiar empieza con la historia del Tata y la Memé, abuelos de Isabel,
y con la de la madre de la autora en la que aparece el matrimonio con Tomás
Allende, su posterior abandono, el nacimiento de los hijos y la aparición de Ramón,
un diplomático que se enamora de ella y se responsabiliza de la familia, o sea,
el padrastro de Isabel y de sus hermanos Pancho: “Un chiquillo rubio, fornido y
calmado, que a veces perdía la paciencia y se convertía en una fiera capaz de
arrancar pedazos a mordiscos” (p. 43); y Juan, quien “nació con el raro don de
la simpatía; aún ahora, que es un solemne profesor en la madurez de su destino,
se hace querer sin proponérselo.” (p. 43)
La Memé deja una huella imborrable
en la vida de Isabel, es la abuela esotérica: “Me crie oyendo comentarios sobre
el talento de mi abuela para predecir el futuro, leer la mente ajena, dialogar
con los animales y mover objetos con la mirada” (p. 12), que realizaba
“sesiones de espiritismo con sus tres amigas esotéricas de la Hermandad Blanca”
(p. 21). Muere durante la infancia de la
narradora, pero está presente en todos los momentos de su vida porque la invoca
para buscar la paz del espíritu y dice sentir su presencia en varios de los espacios
en los que habita.
Isabel profesa una
admiración profunda por el abuelo Tata, evidente en las múltiples referencias a
su forma de vida, a su ser y su pensar:
Las visitas diarias donde
el Tata me dieron material suficiente para todos los libros que he escrito y
posiblemente los que escribiré; era un narrador de historias virtuoso, provisto
de humor pérfido, capaz de contar las historias más espeluznantes a
carcajadas. Me entregó sin reservas las
anécdotas acumuladas en sus muchos años de existencia, los principales eventos
históricos del siglo, las extravagancias de mi familia y los infinitos
conocimientos adquiridos en sus lecturas. (p. 135)
En esta saga familiar
también ocupa un espacio importante el tío Ramón, quien “tuvo una influencia
fundamental en muchos aspectos de mi carácter” (p. 63), lo mismo que el tío
Pablo:
En el caserón familiar
vivían también un par de tíos solteros que se encargaron de poblar mi infancia
de sobresaltos. Mi preferido era el tío
Pablo, un joven huraño y solitario, moreno, de ojos apasionados, dientes albos,
pelo negro y tieso peinado con gomina hacia atrás, bastante parecido a Rodolfo
Valentino, siempre ataviado con un abrigo de grandes bolsillos donde escondía
los libros que se robaba en las bibliotecas públicas y en las casas de sus
amigos. (pp. 38-39)
Muchos son los personajes
que recorren las páginas de esta novela porque de alguna manera se cruzaron en
la vida con Isabel Allende. Y entre ellos,
hay un curioso personaje que forma parte de la autobiografía de esta mujer:
Pelvina López-Pun, la perra
que instalaron en mi cuna desde mi primer día de vida con la idea de
inmunizarme contra pestes y alergias, resultó un animal lujurioso que cada seis
meses quedaba preñada de cualquier can callejero […] Cuando estaba en celo
colocaba el trasero pegado a la reja del jardín, mientras en la calle una
jauría impaciente esperaba su turno para amarla entre los barrotes. (p. 65)
De modo que, mientras
espera la recuperación de su hija, Allende tiene tiempo de volcar sobre la
novela muchos detalles de su vida y de la de quienes han compartido grandes y
pequeños momentos con ella, como es el caso de la perra, a la que dedica varias
líneas porque la considera un miembro más de la familia: “El asalto a la
solemnidad literaria mediante recursos cómicos que le conceden a la novela el
revolucionario poder del habla diversificada”, señala Fuentes (2011, p. 330) al
referirse al empleo del humor en la novela Latinoamericana. Y el humor sería tema para otro artículo
sobre esta novela, a pesar de la pesadumbre que la atraviesa desde la primera
hasta la última línea.
La vida de la narradora se entrelaza
también con la historia de Chile, y en el acto de narrar se vislumbra la
conciencia histórica de la autora, no solo por haber vivido en la época en la
que suceden los hechos que registra, sino porque en muchos de ellos fue
protagonista directa o indirectamente: después del golpe militar se une a un
sector de la iglesia que trabaja para salvar perseguidos a través de la Vicaría
de la Solidaridad, por lo que se ve obligada a exiliarse en 1973. Regresa a
Chile en 1988 para ejercer la democracia que lucha por arrebatarle al dictador
el poder que ejerció desde 1973 hasta 1990.
“Vengo
de un largo pétalo de mar y vino y nieve”, dice Allende citando a Neruda para
describir a Chile, y entre historias de familia va dejando caer dentro de la
novela fragmentos de la historia chilena relacionados no solo con la política;
el lector encuentra además un panorama de la división social del país, de sus
costumbres, de su cultura. A su vez, la vida
cotidiana de la protagonista de alguna manera se entrecruza con la llegada a
Chile de artefactos tecnológicos como la radio, la televisión en blanco y
negro, las ollas a presión y desarrollos científicos como la píldora. Ahí está
su infancia, su adolescencia y luego la edad adulta, traspasadas por la
historia de la nación, mientras: trabaja como periodista en una revista; hace
cine y televisión; se casa con Michel con quien tiene dos hijos; se separa y
encuentra de nuevo el amor en William Gordon, el hombre que la acompaña durante
la enfermedad de Paula.
Así como estos datos son
reales, corresponden a la vida de Isabel Allende, la narradora de la historia, y
por lo tanto son autobiográficos, resulta imposible separarlos de la
información que aporta la escritora sobre la concepción de sus obras, el tiempo
en que fueron escritas y múltiples detalles que hablan de la vida profesional
de quien narra:
Hoy es 8 de enero de
1992. En un día como hoy, hace once
años, comencé en Caracas una carta para despedirme de mi abuelo, que agonizaba
con un siglo de lucha a la espalda […] Poco después el viejo murió, pero el
cuento me había atrapado y no pude detenerme, otras voces hablaban a través de
mí, escribía en trance […] Al final del
año había juntado quinientas páginas en una bolsa de lona y comprendí que eso
ya no era una carta, entonces anuncié tímidamente a la familia que había
escrito un libro. ¿Cómo se titula?, preguntó mi madre […] tú, Paula, lanzaste
una moneda al aire para decidirlo. Así
nació y se bautizó mi primera novela, La
casa de los espíritus, y yo me inicié en el vicio irrecuperable de contar
historias. (pp. 16-17)
Efectivamente, La casa de los espíritus es la primera
novela publicada por Allende y confirma cuán difícil resulta separar estas dos
voces (autor-narrador). A lo largo de la
narración son muchos los fragmentos que remiten a sus publicaciones y, en
algunos casos, explica cómo fue el proceso de creación: “Hace varios meses
terminé El plan infinito, mi novela
más reciente” (p. 17). “Guardé esas
historias conmigo por nueve años, al fondo de un cajón, anotadas en una hoja de
papel, hasta que me sirvieron en De amor
y de sombra” (p. 313). “En
septiembre de 1987 se publicó en España mi tercera novela, Eva Luna, escrita a plena luz del día en una computadora, en el
amplio estudio de una casa nueva.” (p. 317)
Otro aspecto importante sobre
el tono autobiográfico de la novela, son las referencias a diferentes sucesos
de la historia de la humanidad que de alguna manera están relacionados con sus
experiencias de vida o las de algún personaje de la familia de Isabel Allende:
Era mi madre una espléndida
joven de dieciocho años cuando el Tata se llevó a la familia a Europa en un
viaje de esfuerzo que entonces se hacía sólo una vez en la vida, Chile queda a
los pies del mundo. Tenía intención de
dejar a su hija en un colegio de Inglaterra para que adquiriera cultura y de
paso olvidara sus amores con Tomás, pero Hitler le desbarató los planes y la
Segunda Guerra Mundial estalló con estrépito de cataclismo, sorprendiéndolos en
la Costa Azul. (p. 18)
En otro momento, el tío
Ramón es nombrado cónsul de Chile en el Líbano durante los años cincuenta,
viaja con la familia y viven allí durante tres años, lo que le sirve a Isabel
para “conocer buena parte de los países vecinos incluyendo Tierra Santa e
Israel, que en la década de los cincuenta, tal como ahora (y ahora), vivía en guerra permanente contra los árabes” (p.
74). La autora es una adolescente cuando
se produce la crisis del Canal de Suez y el Líbano se ve implicado en esta
situación. Describe la actividad militar
de esa época, los riesgos que corrió la familia hasta que se vio obligada a
abandonar la ciudad, y la intervención de la VI Flota de los Estados Unidos en
este conflicto.
Para terminar con esta
particularidad de la novela, es a través de la voz autoral que se conocen fragmentos
de la vida de Paula, aunque el lector termina sabiendo más de la narradora que
de esta, y conociendo varias de las razones por las cuales se escribe la
historia:
“Mi abuela escribía en sus cuadernos para salvar los fragmentos evasivos
de los días y engañar a la mala memoria.
Yo intento distraer a la muerte” (p. 182). “¿Para qué tanta palabra si no puedes oírme?
¿Para qué estas páginas que tal vez nunca leas?
Mi vida se hace al contarla y mi memoria se fija con la escritura; lo
que no pongo en palabras sobre papel, lo borra el tiempo.” (p. 16)
Hay que enfatizar sobre el
tema: en el caso de esta novela, el tono autobiográfico dificulta separar la
voz narrativa de la escritora porque esta última no permite que eso sea posible:
ahí está la vida de Isabel Allende, desde que nació hasta los cincuenta años: familia,
infancia, miedos, amores y desamores, país, padres, hijos, los espacios habitados
y obras que la han llevado a incursionar en el mundo de la literatura.
Pasando a otro de los temas
enunciados que persisten en la novela, la metaficción, se presenta como un
recurso técnico en el que la narradora emite comentarios sobre la gestación de
la novela y la propensión a examinar el proceso creativo dentro de la misma
obra creada. Son varios los pasajes
donde interviene para decir cómo se escribió la historia, las dificultades a
las que se enfrentó y las razones que la llevaron a escribir. En la siguiente cita explica cómo surgió una
de las historias incluidas en la colección Cuentos
de Eva Luna:
De barro estamos hechos, está basado en una
tragedia ocurrida en Colombia en 1985, cuando la violenta erupción del volcán
Nevado del Ruiz provocó una avalancha de nieve derretida […] y sepultó por
completo una aldea […]. El mundo recuerda la catástrofe sobre todo por Omaira
Sánchez, una niña de catorce años que quedó atrapada en el barro. Durante tres días agonizó con pavorosa
lentitud ante fotógrafos, periodistas y camarógrafos de televisión […] Tres años más tarde […] quise describir el
tormento de esa pobre niña sepultada en vida, pero a medida que escribía me fui
dando cuenta que ésa no era la esencia del cuento. Le di otra vuelta, a ver si podía narrar los
hechos desde los sentimientos del hombre que acompaña a la chica durante esos
tres días; pero cuando terminé esa versión comprendí que tampoco se trataba de
eso. La verdadera historia es la de una
mujer –y esa mujer soy yo- que observa
en una pantalla al hombre que sostiene a la niña. El cuento es sobre mis sentimientos y los
cambios inevitables que experimenté al presenciar la agonía de esa criatura.
(p. 341)
La novela también se
convierte en un diálogo de la narradora consigo misma, un monólogo que le sirve
para reflexionar sobre la escritura y lo que ella significa:
La escritura es una larga
introspección, es un viaje hacia las cavernas más oscuras de la conciencia, una
lenta meditación. Escribo a tientas en
el silencio y por el camino descubro partículas de verdad, pequeños cristales
que caben en la palma de una mano y justifican mi paso por este mundo. (p. 17)
En Paula, la narradora se vale del recurso de la metaficción para
decirle al lector, a partir de los mismos personajes que marcaron su vida, cómo
selecciona y construye las voces que hablan en sus historias. Sus palabras, en algunos fragmentos, sugieren
lecciones sobre cómo escribir relatos partiendo de la realidad objetiva para
crear otra realidad, la de la novela, la de la ficción:
Las novelas se hacen con
dementes y villanos, con gente torturada por sus obsesiones, con víctimas de
los engranajes del destino. Desde el
punto de vista de la narración, un hombre inteligente y de buenos sentimientos
como el tío Ramón no sirve para nada,… (p. 149)
De la misma manera, la
reflexión sobre el texto literario permite establecer las diferencias entre los
dos géneros narrativos por excelencia, tal como los concibe quien narra:
En un cuento todo se ve
[…], no debe sobrar o faltar nada, se dispone del espacio justo y de poco
tiempo, si se corrige demasiado se pierde esa ráfaga de aire fresco que el
lector necesita para echar a volar. […] La novela se hace con trabajo, el
cuento con inspiración. (p. 340)
En algunos de los momentos
en los que se introducen fragmentos alusivos al ejercicio de la escritura y a
la literatura como tal, la narración se detiene y, como señala Mieke Bal (1995,
p. 133), no se registra dentro de ellos ningún acontecimiento[3] que induzca el avance o
retroceso de la historia; sirve esa pausa para evidenciar la posición de la
narradora frente a diversos asuntos referidos a su oficio; dichos fragmentos se
convierten en metaficción, es decir, se emplea la palabra para reflexionar sobre
el mismo material del que está hecho el trabajo literario: “Juego de planos
temporales y espaciales [que] le da a su narración una unidad subyacente que no
es simplemente lineal, sino lógica” (Fuentes, 2012, p. 365). Porque con estas pausas situadas en un tiempo
presente, se quiebra el tiempo de la novela para evidenciar la alternancia de
planos temporales.
En el tercer aspecto que
ocupa este análisis, la novela de Allende ofrece un narrador en primera persona,
propio del estilo autobiográfico. “Escucha, Paula, voy a contarte una historia,
para que cuando despiertes no estés tan perdida” (p. 11). Esta cita da inicio a la novela, pero no es
una narración oral como sugieren las palabras porque la madre escribe la
historia con la esperanza de que algún día la hija despierte del coma y se
reconozca a sí misma dentro de un entorno.
Pero en el modo de narrar el lector siente que la voz autoral se dirige
a Paula, le habla a ella: “Palabras, palabras benditas, las repito una y otra
vez como una fórmula de encantamiento que puede traerte la salvación.” (p. 108)
Más adelante, al inicio de
la segunda parte de la novela, la desesperanza empieza a ganar terreno en el
alma de Isabel al recibir noticias sobre el crítico estado de salud de Paula,
entonces ya no le habla a ella, escribe para el lector: “Ya no escribo para que
cuando mi hija despierte no esté tan perdida, porque no despertará. Estas páginas no tienen destinatario, Paula
nunca podrá leerlas.” (p. 227)
Esta primera persona, en
general, cumple la función conscientemente asumida por el narrador, de volcar sobre
las páginas el desconcierto, la angustia a la que se enfrenta una madre,
Isabel, generada por la enfermedad de Paula cuyo destino la conduce
inexorablemente hacia la muerte. Llámese
duelo, catarsis, desahogo…, estas páginas le dan a la narradora la posibilidad
de desplomar sobre ellas el caudal de recuerdos almacenados durante años y que
esperaban el momento adecuado para materializarse en la palabra: “Supongo que
de ese sentimiento de soledad nacen las preguntas que impulsan a escribir, en
la búsqueda de respuestas se gestan los libros.” (p. 61)
Es también la historia de
la novela una oportunidad para que la voz narrativa se sumerja en su interior,
lo que la conduce a interrogar al universo, a sus espíritus parientes, a Paula,
a sí misma por el sentido de la vida:
Me pregunto cuánto más
viviré y para qué. La edad y las
circunstancias me han colocado junto a esta silla de ruedas para velar por mi
hija. Soy su guardiana y la de mi
familia… Estoy aprendiendo a toda prisa las ventajas del desprendimiento […]
Cierro los ojos y surge ante mí la imagen dolorosa de mi hija en su silla de
ruedas, con la vista fija en el mar, mirando más allá del horizonte, donde
empieza la muerte. ¿Qué sucederá con
este gran espacio vacío que ahora soy? ¿Con qué me llenaré cuando ya no quede
ni una brizna de ambición, ningún proyecto, nada de mí? (pp. 286-287)
Por eso, la selección de
esta narradora en primera persona es una apuesta por la manifestación clara y
sin barreras de la intimidad de quien habla.
Y en esta explosión interior del personaje novelesco, el lector se convierte
en el confidente que escucha la palabra que emplea la narradora para contarse a
sí misma:
Soy una balsa sin rumbo
navegando en un mar de pena. En estos
largos meses me he ido pelando como una cebolla, velo a velo, cambiando, ya no
soy la misma mujer, mi hija me ha dado la oportunidad de mirar dentro de mí y
descubrir esos espacios interiores, vacíos, oscuros y extrañamente apacibles,
donde nunca antes había explorado. (p.
300)
A pesar del lenguaje del
que se vale la narradora, a pesar de la palabra desgarrada que conmueve hasta
el llanto, el lector encuentra cierta serenidad en las palabras de la madre que
lo comprometen, lo obligan a llorar con ella, a padecer con ella ese tiempo
eterno y terrible cuando las sombras de la muerte, el vacío, la impotencia se
apoderan de Isabel. La estrategia implícita
de la narradora para generar ese compromiso, para alcanzar la solidaridad del
lector con su tragedia, es el empleo del narrador en primera persona, del
singular y del plural.
Cuando la narradora le dice
a Paula que le va a contar una historia, el lector toma distancia, se aleja un
poco de la escena pero escucha la narración de Isabel. Por momentos se ubica al pie de la cama de
Paula, se desplaza por el “pasillo de los pasos perdidos” al lado de la madre,
la acompaña en el cuarto del hotel en Madrid y después en la casa de California
para escuchar su voz y la de aquellos que hablan a través de ella, pero sobre
todo, para acompañar su soledad.
Paula está, pues, dormida,
mientras Isabel la rodea de historias que se estiran y se encogen en el tiempo
y en el espacio, que van de un personaje de la saga familiar a otro, en un
juego de narraciones intercaladas. Y
cuando Isabel se detiene, cuando regresa al presente, observa los estragos que
la enfermedad va marcando en el cuerpo de su hija y aparecen el dolor, la
esperanza y la desesperanza frente a un silencio prolongado, abrumador.
En esos momentos en que ya
no hay historia, solo presente, la narradora le habla a Paula y habla consigo
misma en un monólogo en el que expresa su desgarramiento interior, la
incertidumbre frente a una lucha por la vida que presiente inútil. El lector se acerca un poco más a ella para
escucharla como en una confesión, la abraza con la fuerza de las palabras que
va destilando el dolor. Este acercamiento
se da gracias al surgimiento de un yo interior, diferente del que
recuerda. Es un “yo narrativo que habla
de sí mismo” (Bal, p. 131) en un presente angustioso, lleno de preguntas sin
respuestas.
En este instante, las otras
historias que se tejen en la novela pasan a un segundo plano, los datos
biográficos e históricos no alcanzan a mezclarse con el presente de Paula, el
lector abraza aquí a la madre que sufre y la acompaña en el largo proceso de
ver morir a su hija día a día, durante un año.
El papel del lector es siempre el de escuchar, porque a eso lo
condiciona la narradora desde las primeras líneas de la historia y dependiendo
de lo que narre, este se aleja o se acerca un poco más, en actitud
confidencial, a la mujer que pide que comparta su duelo en los momentos en que
no le habla a Paula pero habla de ella con el lector:
La muerte siempre está
acechando. Fuimos con Ernesto a la pieza
de Paula, cerramos la puerta y a solas procedimos a improvisar un breve rito de
adiós. Le dijimos cuánto la amábamos,
repasamos los espléndidos años vividos y le aseguramos que permanecerá siempre
en nuestra memoria. Le prometimos que la
acompañaremos hasta el último instante en este mundo y que nos encontraremos de
nuevo en el otro, porque en realidad no hay separación. Muérete, mi amor, suplicó Ernesto de rodillas
junto a la cama. Muérete, hija, agregué
yo en silencio, porque no me salió la voz. (pp. 322-323)
Desde la perspectiva del
lenguaje y su componente gramatical, escribir en primera persona, dirigirse a
alguien que nunca responde pero que escucha, contar y también reflexionar sobre
sucesos que configuran una historia de vida, dan la apariencia de un monólogo
en el que se vuelca la memoria y el yo se posesiona de todo el relato: “Allí
nació mi pasión por los
cuentos” (p. 43); “Para mi
cumpleaños mis compañeras de
trabajo me regalaron…” (p. 188); “Supongo que estaba tan absorto
en su trabajo…” (p. 270); “Nunca imaginé
que la dictadura duraría diecisiete años.” (p. 271); “No puedo describir la emoción que sentí…” (p. 344); “Fui a Isla Negra a visitar la
casa de Pablo Neruda…” (p. 345).
Los verbos y los pronombres
conducen a identificar un solo yo que narra desde su propia perspectiva; que
duda, que sueña, que imagina y descorre el velo de su complejidad humana. Estos elementos gramaticales ayudan además a
darle fuerza al sentimiento de dolor profundo que expresa la madre de
Paula. En el hablar consigo misma se
evidencia la angustia y la desgarradura interior de la protagonista, su soledad
y su impotencia frente a un suceso sobre el que no puede ejercer control: la
muerte, pero no cualquier muerte, la muerte de su hija: “Un día más de espera,
uno menos de esperanza. Un día más de
silencio, uno menos de vida. La muerte
anda suelta por los pasillos y mi
tarea es distraerla para que no encuentre tu puerta.” (pp. 95-96)
En la narración de su
propia vida concentra la esperanza de salvar a Paula, de salvarse a sí misma
del abismo en el que caería si se negara la posibilidad de creer en un milagro,
y esto lo expresa en primera persona: “Me
vuelco en estas páginas en un intento irracional de vencer mi terror, se me ocurre que si doy forma a esta devastación podré ayudarte y ayudarme, el meticuloso
ejercicio de la escritura puede ser nuestra salvación.” (p. 17)
El manejo de esta persona
gramatical atraviesa toda la novela para decir, por medio de la palabra, quién
ha sido Isabel Allende narradora de su propia vida, personaje protagonista de
la historia que cumple cincuenta años mientras la escribe: “Hoy es mi
cumpleaños, cumplo medio siglo […] Tengo cincuenta años, he entrado en la
última mitad de mi vida, pero siento la misma fuerza de los veinte…el cuerpo
todavía no me falla. Vieja… así me
llamaba Paula por cariño.” (pp. 285, 286)
Y este domingo de cumpleaños
se detiene otra vez la historia. Esa voz
autoral se mira a sí misma, se analiza en su pasado y se piensa en el futuro,
no cuenta nada, solo va desgranando palabras que la expresan, la dicen:
Cuando miro hacia atrás me
parece que soy la protagonista de un melodrama, en cambio ahora todo se ha
detenido, no hay nada que contar, el presente tiene la brutal certeza de la
tragedia […] No quiero seguir viva y morir por dentro, si he de continuar en
este mundo debo planear los años que me faltan. (p. 287)
Esta narradora en primera persona recorre las páginas de la novela con su tono
autobiográfico, para dejar constancia de su paso por la vida como hija, nieta,
como esposa, amante, escritora…, pero sobre todo, como madre de esa hija a
quien dedica la novela y en la que termina siendo la primera, la protagonista
de los hechos narrados: yo autoral, yo personaje, yo narrador. Una sola voz que le dice al lector que la
función de la novela es “fundar la realidad mediante la palabra” (Fuentes,
2012, p. 333), empleando para ello las “dos cosas que definen a la literatura:
la imaginación y el lenguaje.” (p. 233)
Para concluir el
acercamiento crítico a la novela Paula,
es importante reconocer que esta es una obra con una amplia variedad de
elementos posibles de analizar desde la literatura, la psicología, la historia
y la política de América Latina, entre otros aspectos que trascienden la vida y
la historia de Isabel Allende. Tras de
su aparente simplicidad (como han dicho algunos críticos), se encuentra una obra
compleja en la que el lenguaje es protagonista porque evidencia el esfuerzo del
ser humano por nombrar el mundo interior, el de los sentimientos, a través de
la palabra.
Y los aspectos
seleccionados aquí para acercarse a Paula
constituyen una muestra de la riqueza que encierra la novela desde el punto de
vista literario: autobiografía, metaficción y empleo de narrador en primera
persona, permiten decir que la voz que se escucha es la de un ser humano
enfrentado a una tragedia que no es solo suya, sino del lector que la comparte,
de los seres humanos que la viven en su cotidianidad: la muerte.
BIBLIOGRAFÍA
NOTA: Todas las citas de la novela incluidas dentro de este ensayo, provienen de: Allende, Isabel (1994). Paula. Bogotá: Biblioteca Grandes Escritoras
(2009). Planeta.
Bal, Mieke (1995) Teoría de la
narrativa (Una introducción a la narratología). Trad. Javier Franco. Cuarta edición. Madrid: Ediciones Cátedra.
Fuentes, Carlos (2011). La gran novela latinoamericana. México:
Alfaguara
Machado de Assis, J. M. (2001) Memorias Póstumas de Bras Cubas. Trad. Elkín Obregón. Bogotá: Edit. Norma,
Colección Cara y Cruz.
[1]NOTA: Porfiria es una enfermedad que consiste en
un grupo de trastornos hereditarios o adquiridos debidos a un déficit de
diversas enzimas que intervienen en la biosíntesis del grupo hemo, lo que da
lugar a un incremento anormal de la producción de distintos precursores
metabólicos, llamados porfirinas.