Palabras contra el olvido
¡PLOP!
Rigoberto Gil Montoya
Género: Novela
El Arca Perdida Editores
2006 – 132 páginas
Leyendo un artículo de opinión titulado “El valor del artista”, a propósito de las fiestas de la Cosecha en Pereira y su programación cultural 2006, decía Diego Leandro Marín Ossa, Comunicador Social y Periodista, que “La obra de arte sí perdura en el tiempo, sí cautiva a su público, sí le dice algo a las generaciones nuevas o antiguas, gana eternidad. En la ciudad (Pereira) esto no importa mucho, pues se privilegia el exhibicionismo en los eventos sociales, en carteleras y en encuentros culturales, donde es más importante ganar adeptos que generar obra y público. Pero la importancia del arte como materia sensible que dice algo de un pueblo, no se percibe en el ambiente cultural”.
En este sentido y para hablar de la última obra del escritor risaraldense, Rigoberto Gil Montoya, es preciso tomar distancia para evitar en lo posible que la cercanía del personaje contagie la palabra crítica, y poder hablar de la novela de quien, desde mi ignorancia, considero uno de los pocos grandes narradores de esta región en el momento. ¡PLOP!, novela finalista en el Primer Concurso de Novela Breve Álvaro Cepeda Samudio, (2003), convocado por la empresa Sistemas y Computadores S.A. y su proyecto cultural (Sic) Editorial de Bucaramanga, Colombia.
Nueva Mercedes, (como la Macondo de García Márquez, la Comala de Rulfo, o la Santa María de Onnetti...) es el nombre de la ciudad creada por el autor para recrear una historia en la que confluyen una serie de elementos con los cuales el lector reconstruye su propia representación de ciudad, de una época y de todo lo que implica ser habitante, no sólo de ésta, sino del mundo; elementos que nos llevan a mirarnos por dentro, a cuestionarnos sobre nuestro papel como seres humanos y nuestro comportamiento frente a lo que nos rodea: “…Nueva Mercedes, ciudad construida en la segunda mitad del XIX por arrieros, putas y mercachifles provenientes del interior…”
¿La identificamos nosotros? Podría ser cualquier lugar de esos por los que pasaron los arrieros antioqueños derrumbando monte, sino fuera porque ésta, está plagada de espacios que nos son comunes: barrio San Judas, Café Anarkos, Álamos, el Balso, Leningrado, Bavaria, La Julita , Barrio Providencia, Villa Santana, Parque Olaya, La Badea , Paradero del Otún en el Puente Mosquera, Tienda El Pavo, Teatros Centenario y Karka, La Avenida 30 de Agosto, Iglesia La Valvanera , Plaza de Bolívar, etc., etc., etc.,; de personajes que hemos visto o escuchado en los medios, en la calle, o personalmente: Gustavo Colorado Grisales, Hugo López, (El Che), Monseñor Hoyos, Germán Ossa, (Geross), Héctor Escobar, (El diablo)...; y de historias que no nos han sido ajenas, como esas de desapariciones forzadas, de muertes increíblemente macabras, de matanzas, de exilios, la de la mano negra de aquellos para quienes los indigentes y los maricas no son humanos, sino la vergüenza de Nueva Mercedes, aquellos para quienes, como dice William Ospina, el escritor y ensayista colombiano, “piensan que los miserables son los culpables de la miseria y salen a asesinar bajo los puentes”. Y de una época de miedo que aún pervive. ¿Podríamos identificar nuestra ciudad con estos datos, y con todos los otros que nos da la novela?
Tenemos para adentrarnos en ella a un narrador que, apropiándome de las palabras con que lo llama Diana Muñoz, en un trabajo realizado sobre la novela de Fanny Buitrago, Señora de la Miel , podríamos decir que es un narrador chismoso, que empieza por hablarnos de él: “…mis aspiraciones no estaban muy claras y me sentía solo, sin que hubiese encontrado alguien que compartiera parte de mi mundo personal, simple y monótono…”…”La verdad, buena parte de mis amigos dejaron de interesarme cuando se casaron o decidieron convivir con alguna de las muchachas de la tercera o Bavaria (…), mientras procuraba, sin entusiasmo, tener cierta privacidad en el último cuarto de la casa de mis viejos…”
Este narrador, periodista, pajizo irredento y con indigestión estomacal, nos lleva a adentrarnos en la historia de esos personajes que bien podrían ser nuestros vecinos, cuando nos dice cosas como estas: “…Conrado, un hombre bajito y rechoncho, con sus manos callosas y su rostro manchado por el sereno, de quien se decía que había tenido un hijo de su hermana y la mujer que ahora lo acompañaba administraba un burdel de medio pelo en la calle principal de La Cumbre. Le dicen Rita y cuentan las Giraldo que a veces lo amenaza con meterle un tiro en la cabeza, si decide vender la colección de discos de cuarenta y cinco revoluciones, herencia de su abuelo…” “…Beatriz, la hija menor de los Giraldo, estaba embarazada de su novio y en el estanquillo se decía que el tipo, de nombre Javier, era más bien irresponsable, porque incluso ya estaba casado con una peluquera de Villa Santana, pues lo habían visto con ella, muy amacizado, por los senderos del parque Olaya Herrera…”
Todo lo dicho hasta aquí, y otras cosas no dichas, porque hay que leer la novela, sirve de pretexto para que el “Estimado periodista, voz de todos”, cuente una historia en la que él mismo se ve involucrado: “…Nando, Luis Fernando, hijo de Virgelina Cano y Antonio Molina. Domicilio: calle 4 No. 19-47, Barrio San Judas. 34 años. Señas particulares: cejas espesas, cicatriz pronunciada en el mentón, lunar rojo en su muñeca izquierda, lunar grande a la altura de su cuello…”; compañero de infancia del narrador, desapareció misteriosamente, en la época en que se iniciaron las desapariciones, las torturas, aparecieron cadáveres con signos de tortura en las calles, en los basureros, y en el río Cauca, por los lados de Marsella.
La sensibilidad del comunicador, pero más que eso, el amor que siente por la esposa de su amigo desaparecido, Susana, la puertorriqueña, lo llevan a acercarse a ella y a comprometerse, desde su columna en El Diario, con la denuncia de la desaparición y la búsqueda de Nando, lo que a su vez trae como consecuencia el que a su puesto de redacción lleguen cartas amenazantes no precisamente contra él, sino contra su familia. Las cartas vienen firmadas con un seudónimo, “El propio”, alguien que conoce todo acerca de la vida del periodista, de sus gustos, de los lugares que frecuenta, de los tenis que usa y hasta del amor que éste cree secreto por Susana.
No sabemos en qué terminan las amenazas, lo que sí sabemos es que al final de la historia el narrador se involucra con la esposa del desaparecido, la única que ha logrado moverle el piso y sacarlo de su soledad: “….pero ya, detengámonos, porque voy a salir esta noche contigo, se quedarán sin coartada los criminales y serás mi invitada en paraísos artificiales.”
Hasta aquí, ustedes podrán decir que es una historia sencilla, y hasta con un argumento flojo. Pero habría que adentrarse en sus páginas para descubrir que detrás de ese humor, de las ironías, de los chismes, del lenguaje común, de la forma como se van entretejiendo las historias, a partir de fragmentos de baladas, citas del cine, anuncios comerciales, programas de televisión, entre otras, hay un reproche del narrador por nuestro silencio frente al dolor del mundo y nuestra inexplicable indiferencia: “…mientras atisbo por la ventana cómo cae agua a borbotones desde hace meses y cómo el miedo toma cuerpo en este país incierto…”; “…Y la historia está ahí, para evidenciar y enrostrar nuestra culpa, la amnesia patética y patológica…”
Sin embargo, la novela no se queda en Nueva Mercedes, trasciende con tragedias como las citadas en el capítulo PAÍS SECRETO, donde encontramos historias tan terribles que lastimosamente ya no conmueven: “…Habrá un retén, todos en la escalera lo saben, lo sabemos y nos miramos con desconfianza, lívidos, y todos nos preguntamos mirando al piso, ¿seré yo, señor, será este muchachito de al lado? No fue ella pero sí ese muchachito de doce años. Alcanzó a coger su mano izquierda, segundos antes de que lo señalaran, así, de frente y ella sintió el frío en su mano, qué más podía sentir, ¡basta de figuras envejecidas! Bajó del bus-esclarea sin ánimo, casi desmayándose y ella sintió lástima de sí misma, de la mirada perdida, casi estúpida de los otros que se no atrevían a voltear sus ojos palpitantes, pesados, mientras el hombre del cabello largo consultaba la lista y pronunciaba nombre y apellido, sin equivocaciones, severo, Carlos Naranjo Tangarife, y este muchachito asintió, triste, ya cansado y sonaron muchos disparos y la sangre explotó, se derramó, llegó hasta mí, lo juro…”
O como la de un país, también sureño, de donde llega la obsesión por Condorito de este narrador ¿o podría decir autor? Allá hay muertes, desapariciones, torturas, masacres, cometidas por fuerzas de derecha en donde, así nos lo muestre con humor e ironía, hasta las historietas de Condorito pueden resultar subversivas. Los personajes de Pelotillehue: Garganta de lata, Yayita, Doña Tremebunda, el compadre Chuma, Ungenio González, hasta Washington, el perro, son peligrosos para el régimen; su periódico “El Hocicón”, Diario pobre pero honrado, es sospechoso, y el bar “El tufo”, es un sitio clandestino.
No, no es mentira, con su humor ácido, el narrador nos muestra que en el mundo sucede lo mismo, y ahí está la universalidad de la obra, su poder de trascendencia, su capacidad para encarnar en el dolor de unos, el dolor de todos los que han vivido situaciones similares. Pero también la pasmosa frialdad, la indiferencia, la costumbre con que hoy vemos ese dolor y ese sufrimiento ajeno, hasta que no nos toque y nos saque del marasmo en que vivimos. Por eso ¡PLOP! no es sólo la historia de un desaparecido, ni una historia de amor, ni un juego de palabras y citas venidas de todos lados, (la intertextualidad juega en la novela un papel determinante), ni mucho menos, sólo de chistes, de humor.
Es, diría yo, ese “tiestazo” que necesitamos para despertar y entender que hay que recuperar el sentido del mundo y del hombre, que la espiritualidad humana, su esencia, tienen que estar por encima de todo lo que la industria, la economía, el Estado, los medios y todas las otras fuerzas oscuras que se mueven como sombras, quieren mostrar como si fuera la única realidad. Porque la novela es y ha sido una acompañante del hombre que le ha servido, no para denunciar, sino para recordarnos que ahí está esa otra historia, la que no nos dejan ver los manipuladores del poder, la historia de seres comunes y corrientes que también protagonizan hechos, que algún día, cuando nos toque, si nos toca, podrá ser nuestra propia historia. Y lo que pasa en Nueva Mercedes ha pasado, está pasando y puede pasar en cualquier lugar del planeta.
Con esta nueva edición de ¡PLOP! podrán leerla muchos otros habitantes de la ciudad y de otros lares para que hablemos un lenguaje común, que no sea sólo para rendirle un tributo exhibicionista al amigo, sino para entender que ésta es una gran novela que encierra los destinos de muchos hombres y mujeres, tan cercanos y a la vez tan alejados de nuestro destino, porque así lo hemos querido con nuestro desprendimiento y nuestra inmensa capacidad para el olvido. Mientras exista Nueva Mercedes en el imaginario de Rigoberto Gil Montoya, seguiremos encontrando narraciones excepcionales por su historia y por su calidad literaria en la que se encierren palabras contra esa forma de olvido en que nos escudamos para ignorar la realidad, cuando ésta no es nuestra, sino del otro.
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